PRÓLOGO DE LA SANGRE DE ASURYON, EL SPIN-OFF DE EL LEGADO DE LA PROFECÍA.


―¡Vamos! ―gritó el jefe de la pequeña compañía varelden―. Ya hemos llegado a nuestro destino: el Bosque Perenne.
Los otros cuatro corsarios apretaron el paso entre quejas y maldiciones. Desde que habían desembarcado y tomado Asuryon no se les había permitido ni un momento de respiro.
―Nuestro destino ―gruñó Vánir, el más joven de todos―. ¡Ja! Como si llegar hasta aquí fuese el final de nuestra misión.
―Tantas molestias por un solo indivíduo ―Ultherion se giró y escupió una flema marronácea al suelo, a causa del polvo del camino.
―Sí, este ha sido el último reducto de resistencia atelden antes de rendir la isla ―puntualizó Dágobeth, rascándose la horrible cicatriz que le deformaba medio rostro―. ¿Y tú qué piensas, Silencioso?
Silencioso se encogió de hombros y continuó andando pesadamente.

―¡Callaos ya, bastardos! ―bramó Oki a sus muchachos―. Las órdenes son claras: encontrar a una elfa de cabello blanco que atiende al nombre de Ínorel y entregársela al capitán Lohi viva.
―¿Para qué quiere el capitán una atelden viva? ―preguntó Ultherion―. ¿Acaso no tiene suficiente con las brujas de Mórgathi?
―De la reina Mórgathi, patán ―le corrigió su jefe, lanzándole una mirada asesina.
―Debe ser que no ―rió Vánir―. Aunque supongo que le importará que nos divirtamos antes nosotros con ella. Solo un ratito.
Oki se giró y empujó con ganas a Vánir, que caminaba tras él. Trastabilló y casi hizo caer al resto de la compañía.
―Si queréis divertiros ―dijo desenvainando su espada―, podéis hacerlo con esta. Me consta que es un poco… fría y cortante, pero os quitará toda calentura de vuestras diminutas entrepiernas.
―Jefe, no hay que ponerse así ―Dágobeth tiró del brazo de Vánir para ayudarlo a ponerse en pie―. Simplemente nos extraña esta misión. No es propia del capitán Lohi.
―La elfa no la reclama el capitán, sino el gobernador.
―¿El gobernador? ―Ultherion enarcó una ceja―. ¿Qué gobernador? ¿Tú te has enterado de algo, Silencioso?
Silencioso compuso un gesto de desgana y se encogió de hombros.
―El gobernador, escoria. El hombre que ha dejado el rey Mathrenduil a cargo de la isla hasta que regrese de la guerra.
―¿Quién ha sido el elegido? ―preguntó Vánir.
―Lord Féndor, señor de Pico de los Lamentos.
―Vaya, ahora me explico esa fijación con este cochino bosque.
―Pero los defensores del Bosque Perenne se han rendido. No veo qué importancia tiene que una elfa haya conseguido escapar.
―¿Voy a tener que aguantar vuestro parloteo incesante durante todo este tiempo? ―a Oki se le estaba agotando la paciencia―. Callaos la boca y fijáos dónde pisáis. Hacéis tanto ruido que seguro nos están escuchando en Valindel.
El silencio no duró más de dos horas de caminata.
―La noche ha caído y tenemos mucho bosque por delante ―Dágobeth fue el primero en hablar―. Deberíamos acampar aquí, en este claro.
―Sí, sí. Un fuego y unos tragos de vino de la bodega de Valindel para avivar el ánimo. ¿No te parece, jefe?
―Si Dágobeth te dijera que te colgases de aquel árbol, ¿le harías caso, Vánir?
―¡Vamos, jefe! Este maldito bosque es enorme y ya hemos recorrido un largo trecho desde la capital. No hay duda de que nos hemos ganado un descanso. ¿A que tú opinas igual, Silencioso?
El enorme varelden frunció los labios y asintió sin ganas.
―¡Está bien! ―concedió Oki―. Lo que sea con tal de que dejéis de molestarme, pero mañana retomamos la marcha bien temprano. Antes de que despunte el alba. Si hemos de dar con esa elfa, prefiero que nos amparen las sombras. ¡Ultherion, encárgate del fuego!
Al poco, los cinco varelden estaban alrededor de una fogata, tendidos en frío suelo sobre sus capas y royendo carne dura en salazón. Era noche cerrada y unas densas nubes ocultaban el brillo de las estrellas. Nada se movía en el Bosque Perenne. Ni siquiera el canto de los grillos o el ulular de los búhos.
―Nunca antes había estado en un lugar como este ―dijo Dágobeth, rascandose con el pulgar la cicatriz―. Podría decirse que es perturbador.
―Nunca antes habías salido de Undraeth ―Vánir estaba hurgándose los dientes con su puñal―. Cualquier cosa que no sea roca y páramo te resultaría perturbador.
―No es eso. ¿Escuchas algo?
―No.
―Eso no es natural.
―¿Acaso tienes miedo?
―¡No seas ridículo!
―Mira a tu alrededor: no hay nada, este bosque está abandonado. Lo asediamos y se entregaron.
―Menos esa elfa a la que buscamos.
―¿Ahora tienes miedo de la elfa?
―¡No, estúpido!
―¿Crees que va a venir ella sola y arrebatarles la vida a cinco curtidos corsarios?
―¡Eh! ¡Basta! Para ya o te corto el pescuezo ahora mismo.
―Observa cómo duerme el jefe. ¡Relájate! Cuando regresemos a Valindel con esa zorra, seguro que nos asignarán otro cometido menos cómodo que este.
―Ya me veo pateando las montañas, buscando los reductos de atelden que siguen incordiando por ahí ―se unió a la conversación Ultherion―. Dicen que uno de sus capitanes ha conseguido reunir un grupo de fugitivos y que moran en las cuevas. Incluso escuché que se hace acompañar por dos feliones.
―Prefiero buscar a una niña asustadiza antes que pelearme con feliones ―dijo Dágobeth.
―Pues deja de quejarte del bosque ―le espetó Vánir―. Hemos tenido suerte de caer en una misión así. ¿Cierto o no, Silencioso? ¿Silencioso?
El grandullón tenía la mirada fija en los altos árboles que los rodeaban. Sus labios fruncidos en una fina línea, la mandíbula apretada. Su mano derecha descendió suavemente hacia la empuñadura de su daga.
―¿Qué pasa, Silencioso? ―preguntó Ultherion, levantándose y escudriñando la oscuridad que envolvía los árboles―. ¿Has visto algo?
Se escuchó un silbido cortando el aire y, al instante, una flecha atravesaba la garganta de Ultherion. El varelden desorbitó los ojos, dirigió una mano temblorosa al cuello y cayó entre violentas convulsiones.
―¡Nos atancan! ―ladró Vánir, ya con su arco presto y echando mano a las flechas del carcaj.
Oki se incorporó de inmediato, desorientado a causa del sueño, girando la cabeza a un lado y a otro, y tanteando con una mano nerviosa su costado en busca de su espada.
Se escuchó otro silbido acompañado de un chasquido. No vieron la saeta, pero sí caer de un árbol que se elevaba encima de ellos un bulto. Este se estrelló contra el fuego y le sucedió un estallido. Un líquido viscoso e inflamable salió despedido por todas partes, haciendo que volutas incandescentes saliesen disparadas hacia los sorprendidos varelden. Las llamas de la hoguera se elevaron a una altura equivalente a dos hombres.
―¡Cuidado! ―chilló Dábobeth―. ¡Cuidado, maldita sea!
Pero apenas sí logró escucharse a causa de los alaridos que estaba dando Okil. El jefe de la compañía estaba envuelto en llamas, rodando por el suelo hasta que su voz se consumió, no así el fuego que lo envolvía y carbonizaba.
El viento trajo consigo el sonido lúgubre y profundo de un cuerno, pero no sonaba como un cuerno corriente; este entonaba un canto negro, vibrante, lleno de rabia y odio. Parecía como si el mismo bosque aullase a sus impíos visitantes que no eran bienvenidos.
―¡¿Qué está pasando?! ¡¿Qué está pasando?! ―gañó Vánir.
―¡Rápido! Espalda contra espalda. Juntém… ¡Aaargh!
Dágobeth no pudo terminar la frase porque una lanza lo atravesaba por la espalda. Soltó un último gorgoteo, con la boca ahogada en sangre, antes de caer.
―¡Mostraos, cobardes! ¡Mostraos!
Ni un solo movimiento, salvo el incesante baile de las llamas, proyectando cimbreantes sombras alrededor. Vánir trató de calmar su respiración. Imposible. Y el rechinar de los dientes de Silencioso tampoco ayudaba.
De pronto, sintió que algo caía a sus pies. Vánir dirigió la vista al suelo y vio su espada agarrada por su mano y regándose con la sangre que brotaba como una fuente de su antebrazo amputado. Sintió cómo le faltaba el aire, se giró despacio y una figura encapuchada le brindó, como última imagen para sus ojos, el reflejo plateado del acero y las salpicaduras carmesí de la sangre manando del cuello.
Silencioso no vaciló. Se abalanzó contra la figura, pero resultó sin éxito. El extraño se deslizaba como una sombra, saltando, rodando, fintando. El varelden gruñía intentando alcanzar a su oponente mientras este jugaba con él. Lanzó una estocada y el encapuchado la desvió con un giro endiabladamente rápido de su espada, consiguendo doblarle la muñeca y que su acero saliese disparado, muy lejos de su alcance. Un golpe seco en la tripa le sacó todo el aire de sus pulmones. Silencioso se dobló y cayó de rodillas, boqueando y babeando. A continuación, su adversario le propinó una dura patada en la cara, lanzándolo boca arriba contra el suelo. Dolorido y desarmado, el varelden rezó porque aquello acabase rápido.
―Silencioso, ¿eh? ―la voz del extraño sonó suave y siseante―. Vamos a ver si es eso cierto.
El encapuchado arrancó de un movimiento seco la lanza del cuerpo de Dágobeth. Se aproximó a Silencioso y le sujetó el costado con el pie. La lanza atravesó con decisión el hombro del elfo oscuro arrancándole un desgarrado aullido de dolor.
―Sabía que lo de Silencioso solo era una pose.
Se retiró la capucha, dejando ver una larga y plateada cabellera recogida en varias trenzas muy intrincadas. Donde debía estar el ojo izquierdo lo cubría un parche y el derecho era violeta y rezumaba inquina. Se inclinó hacia Silencioso hasta casi rozarle con la punta de la nariz.
―Ya sé que gritas ―siseó―. Ahora toca ver si también hablas.
Removió la lanza y se escuchó un crujido. Silencioso chillaba y lloraba de dolor.
―¡Basta! ¡Te diré lo que quieras saber, pero basta, por favor!
La elfa del pelo blanco le brindó una cínica sonrisa.
―¿Saber? ¿Crees que necesito saber que os han enviado a por mí por orden de Lord Féndor?
―¿Qué quieres de mí? ¡¿Qué quieres de mí?!
―Vas a llevarle un mensaje a tu amo de mi parte. Vas a decirle que sigo viva, que he matado a sus hombres y que mataré a todos los que envíe a por mí. Y cuando acabe con todos ellos, iré a por él.
―¡De acuerdo, de acuerdo! ¡Se lo diré! ¡Por favor, basta ya!
―No, aun no hemos terminado.
―¡Has dicho que quieres que le lleve un mensaje! ¡Me necesitas vivo!
―Es cierto, te necesito vivo. Pero no entero.
Como si fuese un rayo, la espada de la elfa descendió, cortando de cuajo la mano inmovilizada de Silencioso, quien, entre tanto grito, ya no era tan silencioso.
―Deja de chillar ―le espetó la muchacha mientras cogía la mano cercenada, desenfundaba su puñal y comenzaba a grabar algo en ella―. He dicho que te voy a dejar con vida. Solo estás perdiendo un poco de sangre. ¿Y qué es un poco de tu sangre en comparación con toda la que habéis derramado de mi pueblo? Es un pago escaso que tendremos que compensar. ¡Deja de chillar, he dicho! Ahora te haré un torniquete.
Siguió unos minutos trabajando en la mano, haciendo unas aberturas en sus laterales para pasar por ellos un trozo de cuerda. Una vez terminó con su trabajo, volvió a acercarse a Silencioso. La mano llevaba grabado el nombre Ínorel. Le pasó por el cuello el macabro colgante y le observó rendirse a la extenuación.
―Entrégale eso a tu amo y se dará por enterado.
―¡No hacía falta cortarme una mano! ―chilló Silencioso, salpicando saliva―. ¡Se lo diría de viva voz!
La elfa negó con el dedo, luciendo su sarcástica sonrisa.
―No, no, no. Tú no vas a decir nada. ¿No te llaman Silencioso? Pues debes hacer honor a tu nombre ―echó mano a un lateral de su cinto y sacó unas tenazas, las cuales hizo bailar delante de su cara junto al puñal que sujetaba con la mano libre―. Y yo te voy a ayudar.


Abel Murillo.
Prólogo realizado para la novela corta La Sangre de Asuryon.
Iniciativa #NaNoWriMo2016
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Sobre Abel Murillo

Abel Murillo.
Presidente de la Asociación Cultural Lupus in Fabula (@AC_LiF).
Organizador del Festival de Fantasía de Fuenlabrada (@FFF_Fuenlabrada).
Autor del Legado de la Profecía (@LegadoProfecía).
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