AVANCE ELDLP III: CAPÍTULO UNO


  
Avanzaban muy despacio, más de lo que realmente Dúnel pensaba. Sí, era cierto, no podía pretender moverse rápido con un ejército de cerca de diez mil hombres a sus espaldas, pero no podía evitar tener la sensación de que estaban cediendo tiempo al enemigo. Así se lo hizo saber a sus capitanes,  Lord Cásthiel de la Orden del Cisne Blanco, Lord Hásthar de la Orden del Halcón Avizor, y el capitán de su orden Lord Acthel. Los tres consiguieron hacerle entender que mover un contingente tan grande era muy trabajoso. Había que procurar descanso tanto a los hombres como a los caballos para, en caso de entrar en batalla, estar lo más frescos posible. Además, toda la logística y el aprovisionamiento se transportaban en pesados carros tirados de  enormes y lentos bueyes. Había que ser paciente y mantener la calma, sobre todo por la moral de la tropa.
   –Tened paciencia, mi señor –le dijo Lord Hásthar, un hombre maduro que lucía sendas entradas en su cabeza y cuya barba estaba salpicada de canas–. La batalla no irá a ningún lado.
   Dúnel no tenía esa sensación, pero tampoco quería contradecir a sus capitanes. Si en algo había destacado su reinado era precisamente en dejarse aconsejar por aquellos que habían vivido varias veces los avatares de la guerra, aquellos que habían empuñado la espada y la lanza mucho antes de que él naciera. Hasta el momento, no le había ido nada mal.
   La calma que imponían sus capitanes respondía simplemente a un estado de confianza y seguridad que al rey le carcomía. Argumentaban que, fuera quien fuese el que había masacrado a las aldeas próximas a la frontera con Olath, tendrían delante a la Orden del León de Lord Umphas, y la Orden del Agua de Lord Rítheh ya había sido avisada.

   –Nos ha llegado un cuervo desde Lándalon con el sello de los dos peces de Rítheh –le informó hacía dos lunas Acthel, el capitán de sus caballeros, un muchacho joven, vigoroso, con el pelo ondulado y castaño rojizo–. Pronto llegarán a la frontera de Olath y unirán sus fuerzas con las de Lord Umphas. El enemigo tendrá que plantar cara a fuerte contingente de caballeros, mi señor. No debéis temer.
   Dúnel lo despachó con un asentimiento de cabeza y una tenue sonrisa, no quería ser descortés con uno de sus más bravos caballeros. Acthel solo tenía veinte años y su carrera militar era imparable. Dúnel lo tuvo como escudero unos años, pocos pero suficientes como para darse cuenta que su destreza con la espada, el escudo y la lanza demandaban un puesto más ambicioso. Era el más joven capitán de las órdenes de caballería y le quería como si se tratase de su hermano pequeño. Por eso no le quiso hacer partícipe de sus miedos. La Orden del Agua se uniría a la Orden del León… Pero lo cierto es que, desde que Umphas le envió aquel cuervo poniéndole al corriente de sus sospechas, no habían vuelto a tener noticias suyas.
   Si el Lord Comandante de los Leones estaba en lo cierto, Lánzolt se hallaba detrás de esos crímenes contra las aldeas. Dúnel se negaba a creerlo. Cada noche, antes de caer en los brazos poco reconfortantes de sus sueños, se decía a sí mismo que aquello no podía ser obra de su amigo, de su hermano. Lánzolt y él habían crecido juntos. Cuando el padre de este murió, junto con los hermanos de Lord Muras en una emboscada krull, el rey Dúbledor lo tomó como discípulo y le sometió a la misma educación que su propio hijo. Se entrenaron con el mismo maestro de armas, aprendieron las mismas tácticas militares, montaron en los mismos caballos… ¿Cómo iba a darle la espalda? ¿Cómo iba a traicionarlo?
   Pero los hechos estaban ahí. Empalamientos. Decenas de inocentes aldeanos ensartados en picas de madera convirtiéndose en una especie de bosque de los horrores. Dúnel agradeció no haber visto aquella grotesca imagen y se compadeció de aquellos cuyos ojos habían tenido que hacerlo. Ese método de tortura era propia de Lánzolt, no había duda. Había sido su sello durante años, durante la campaña que llevó a cabo en Búrdelon para erradicar la alta criminalidad que había en la ciudad. Había conseguido ser temido y respetado, había conseguido que los malhechores de todo pelaje no osaran ni mirar su cuidad, y se había enfrentado a innumerables críticas por parte de los demás caballeros que lo acusaban de violento, cruel y desproporcionado.
   –Esta ciudad se pudría antes de que mi orden y yo pusiéramos un pie en ella –argumentaba con vehemencia–. Los problemas extremos exigen soluciones extremas. Mi objetivo ha sido cumplido ¿Qué más da cómo lo haya hecho? Eran criminales aquellos que ahora adornan la explanada empalados, no merecían otra cosa.
   Y ahora los empalados eran otros, eran los inocentes. ¿Qué podría haber llevado a Lánzolt a cometer semejante barbarie? ¿Qué afrenta podrían haberle hecho aquellas humildes gentes? No, debía tratarse de otro enemigo. Alguien que quisiera sembrar la discordia entre ellos. Sí, eso sería. Algún enemigo que, sirviéndose de los métodos de Lánzolt, estuviera intentado que la culpa de las atrocidades comentidas recayera sobre el Mariscal de los Dragones Rojos y sus caballeros.
   Aún podía distinguir desde donde se encontraban acampados las murallas de Cárason y las torres del castillo de Brómmel, y aquello dejaba claro lo poco que habían avanzado. De hecho, ni siquiera habían cruzado el río Élbor. Lo harían siempre bordeando la costa, aunque aquello les dificultase la marcha y tuvieran que ralentizar su ritmo, pero consideraron que avanzar por los caminos que serpenteaban las playas y acantilados era mejor opción que exponerse a campo abierto. Era una de las contradicciones que Dúnel no pudo evitar rebatir. Si eran un ejército tan poderoso como para permitirse el lujo de avanzar despacio, ¿por qué tener miedo a hacerlo por campo abierto?
   –Incluso un ejército numeroso podría verse derrotado por un gran estratega en campo abierto –le dijo Lord Cásthiel–. Mejor no tentar a la suerte.
   El día había amanecido soleado, no había ni rastro de nubes en el cielo azul intenso que cubría el ejército de Dúnel. Una buena noticia, sin duda, ya que aquello les permitiría poder ganar algo de tiempo, avanzar más deprisa sin tener que enfrentarse a las inclemencias meteorológicas. La temperatura era suave y la proximidad al mar hacía que la brisa fuera fresca, impregnada del olor a salitre. Era reconfortante, sin duda, y aquello lo agradecían sus hombres mostrando un estado de ánimo jovial y distendido.
   Aunque al rey, ver a las tropas en una actitud tan relajada, no le tranquilizaba ni lo más mínimo. Su señor padre solía decir que un punto de tensión no era malo en absoluto, que ayudaba a los soldados a mantenerse siempre alerta, a no confiar de la calma que solía preceder la tormenta, y que los cementerios estaban repletos de confiados sorprendidos que de cautos previsores. Dúnel se preguntó si él habría obrado mal en ese sentido, si quizá debió de ser más exigente con sus hombres de armas. Y es que un periodo de paz tan prolongado como habían tenido en los últimos tiempos oxida hasta al guerrero más bravo si este no saca a pasear su espada con regularidad.
   La tienda del rey se encontraba en el centro del campamento y siempre estaba fuertemente custodiada por cuatro caballeros de la Orden del Hipogrifo. El tamaño de aquel acantonamiento era inmenso, las tiendas se alzaban en hileras perfectamente alineadas dejando pasillos tan perfectos como las calles de una ciudad. Los encargados de levantar el campamento lo tenían todo estudiado al milímetro, y siempre lo hacían de la misma forma para no tuvieran que estar aprendiendo las referencias una y otra vez. Todo el mundo sabía de aquella manera como encontrar a todo el mundo.
   Esa mañana, como todas desde que salieron de Cárason, Dúnel dejó su tienda para irse a los establos. El rey de Páravon, como todo caballero del reino, sentía un especial apego hacia su montura. Jinete y bestia eran uno solo cuando entraban en combate, y bien sabido era que nadie podía igualar en destreza a los lomos de un caballo a los caballeros de Páravon. Los educaban desde niños a respetar y entender a los corceles que iban a montar, tomándolos cuando eran potros y consagrándose a su adiestramiento. El caballo siempre respondería ante su jinete y viceversa. Y el rey no era menos. Acostumbraba a cepillarlo mientras le hablaba suavemente, como si se tratase de un amigo, de un confidente. Hacía salir a todos los mozas de cuadras para quedar a solas con su montura, un ejemplar alazán de crines y cola abundantes, y exponerle sus preocupaciones. A veces, la mirada inteligente del animal bastaba para convencer a cualquiera de que entendía cuanto le susurraba su señor.
   No había recorrido ni la mitad del camino cuando escuchó un gran alboroto cerca de donde estaba, justo detrás de unas tiendas que quedaban a su derecha. Escuchó gritos de otros hombres exigiendo castigo entre otros exabruptos. A Dúnel aquello lo extrañó, nunca se había dado un caso de amotinamiento dentro de las huestes de Páravon, los votos de caballeros que pronunciaban eran sagrados y nadie osaba romperlos. Les hizo un gesto con la cabeza a los dos hombres que llevaba como escolta personal, indicándoles que quería acercarse para ver qué ocurría.
   –¿Estáis seguro, mi señor? –le preguntó dubitativo uno de sus escoltas–. Quizá sea más conveniente que se ocupen los capitanes.
   –No –dijo Dúnel, tajantemente–. Quiero saber qué ocurre.
   Entre una nube de polvo y gritos, un buen número de soldados se arremolinaban alrededor de un joven sucio y magullado al que llevaban atado por las manos y llevaban a rastras con una cuerda. Le lanzaban piedras, patadas, intentaban darle golpes o tirarle del pelo. El muchacho parecía exhausto y dolorido a causa del linchamiento al que estaban sometiendo y procuraba a duras penas mantenerse en pie, mientras los hombres lo insultaban y escupían.
   –¡Desertor! –alcanzó a escuchar Dúnel entre el griterío–. ¡Es un maldito bastardo que intentaba huir!
   La escolta de Dúnel intentó hacer que guardaran las formas ante la presencia del rey, y poco a poco el bullicio fue moderándose.
   –¿Qué sucede aquí? –preguntó Dúnel, cuyos ojos no se apartaban del desgraciado joven.
   –Mi señor –uno de los que tironeaban de la cuerda con la que lo arrastraban dio un paso al frente e inclinó la cabeza en señal de respeto–, hemos sorprendido a este malnacido intentando robar uno de nuestros caballos. Tenía las alforjas cargada de comida de la reserva de provisiones, así como varias piezas de oro y plata. Intentaba dejar el campamento, el muy villano.
   El muchacho no llegaría a los veinte años. Tenía el pelo pajizo y la piel muy blanca. Seguramente nunca antes hubiera estado tan cerca de la batalla. Boqueaba, estaba sucio, sudado y le recorrían varios hilillos de sangre por toda la cabeza.
   –Dime tu nombre –le exigió Dúnel. El muchacho, jadeante, no dijo nada.
   –¡Responde a tu rey, perro! –le gritó uno de los que estaban al lado del prisionero, al tiempo que le daba una patada. El muchacho hizo un sonido ahogado y se quedó unos segundos sin respiración tirado en el suelo.
   Dúnel frunció el ceño y levantó una mano demandando calma a los agitados soldados.
   –Desatadle –ordenó.
   –Pero mi señor –replicó el que le había propinado la patada–, es un desertor. Desatarle podría resultar…
   –¿Peligroso? –le interrumpió el rey ladeando la cabeza–. Fijaos en él. Le cuesta incorporarse. No representa ninguna amenaza. Vamos, cortadle esas cuerdas.
   Vio como uno de los soldados allí presentes se encogía de hombros y sacaba una daga, con un movimiento seco liberó al muchacho de las cuerdas que le mantenían las manos a buen recaudo. El joven perdió el equilibrio de nuevo, al intentar apoyarse sobre sus brazos. Las fuerzas le fallaron y se dio de bruces contra la tierra. Dúnel dio unos pasos y se acuclilló delante de él.
   –¿Cómo te llamas? –la voz del rey ahora sonaba más cercana, casi reconfortante.
   El joven tosió con fuerza un par de veces y escupió sangre. Consiguió sentarse en el suelo y tardó unos segundos en enfocar a su interlocutor.
   –Hálel, mi señor, hijo de Haurin –consiguió decir de manera ronca, casi inaudible.
   Dúnel escrutó el rostro del joven. Parecía demasiado bisoño como para ser un hombre de armas.
   –Tú no eres un soldado, ¿verdad?
   Hálel negó con la cabeza.
   –¡Di entonces qué hacías aquí, escoria! –gritó uno de sus captores, agarrándole de la nuca de manera brusca.
   A Dúnel no le gustó en absoluto aquel gesto. Alargó la mano y cogió de la muñeca al soldado, que se quedó parado.
   –Eso mismo debería preguntaros a vosotros –le fulminó con la mirada–. Me gustaría saber cómo un muchacho que jamás a empuñado un arma se ha colado en un campamento repleto de los mejores caballeros de Páravon.
   Nadie dijo nada. El soldado soltó al chico, visiblemente azorado. Dúnel volvió a centrarse en él.
   –Cuéntanos tu historia, Hálel.
   –Mi padre era molinero –dijo casi sin aliento –allá en las tierras de Búrdelon, cerca de la ribera del río Viejo.
   El corazón de Dúnel se aceleró. Abrió tanto los ojos que creyó que se le saldrían de las órbitas.
   –¿Fuiste testigo de las matanzas que…?
   –No, mi señor –le interrumpió rápidamente Hálel–. Yo me fui de la aldea cuando comenzaron a suceder cosas extrañas tras los muros de la ciudad.
   –¿Cosas extrañas?
   –Sí, mi señor. Primero comenzó en las inmediaciones de la misma. En los cementerios –el muchacho comenzó a temblar de pies a cabeza.
   –Habla, continúa.
   Hálel tragó saliva.
   –Al principio no quise creerlo. Todos sabemos cómo son las viejas de las aldeas y lo mucho que les gusta asustar a los niños. Hablaban de voces y lamentos que se escuchaban por la noche, de neblinas etéreas que flotaban en los cementerios y en cómo al día siguiente aparecían las tumbas abiertas vacías, y la arena marcada con dedos invisibles que la arañaban. Yo no quería creerlo, mi señor, no quería.
   De pronto, Hálel se derrumbó y empezó a sollozar. Dúnel no daba crédito a aquello mientras veía cómo el cuerpo del muchacho era sacudido por la congoja.
   –Tranquilo, Hálel –intentó consolarle el rey, poniéndole una mano en el hombro–. Prosigue, por favor.
   –Me fui de la aldea –continuó entre sollozos–, estaba dispuesto a cerrar la boca a ese atajo de gallinas y demostrar a todo el mundo que todo eran habladurías y supersticiones. Me dirigí una noche a los cementerios que están a las afueras de las murallas de Búrdelon, quería reírme en la cara de toda la aldea diciendo que había pasado la noche en uno de ellos y que no había visto fantasmas ni tumularios. Y realmente no los vi, mi señor.
   –¿Entonces?
  Hálel parecía fuera de sí, su mirada aterrada lo delataba.
   –Salté las vallas de un cementerio y deambulé por él, jactándome de mi hombría y de lo mucho que iba a reírme cuando llegase a la aldea… Pero… Os juro, mi señor, que vi las tumbas vacías, las marcas de arañazos en la madera, en la tierra… Y luego… Luego comenzaron los gritos. No en el cementerio, sino en la ciudad, en Búrdelon. La niebla que envolvía la ciudad era densa, fantasmal, parecía refulgir en la oscuridad. ¡Y de ella provenían los gritos! Fui un cobarde, mi señor, salí corriendo en dirección a mi aldea, pero me perdí en la noche. No puedo deciros cuánto tiempo anduve deambulando, y solo cuando el sol apareció logré ubicarme.
   Dúnel contenía el aliento escuchando cada palabra del asustado muchacho. No daba crédito a lo que estaba escuchando. No sabría decir si lo que contaba Hálel era real o fruto de su imaginación, pero de lo que estaba seguro era de que para el joven sí lo era.
   –Tardé un día en llegar a mi aldea –prosiguió con el relato–, no sé siquiera cómo pude encontrar un camino de vuelta entre tanto bosque y monte. El caso es que al llegar… al llegar… –rompió a llorar.
   –Al llegar los habían matado a todos –Dúnel ya conocía la respuesta.
   –No fui testigo de la matanza, mi señor –dijo entrecortadamente–, pero vi a mis padres y hermanos ensartados en aquellos largos palos afilados… Toda la aldea… hasta los niños…
   –Entonces decidiste huir de allí.
   Hálel se abalanzó desesperadamente hacia Dúnel, tan rápido que a su escolta no le dio tiempo a impedirlo.
   –Debemos alejarnos de ese maldito lugar, mi señor –le imploró mientras tres hombres trataban de separarlo del sorprendido Dúnel–. Marcháis en la dirección equivocada. ¡Regresad a la ciudad! ¡Escondeos tras sus altos muros y esperad a que todo el mal pase!
   Dúnel se levantó bruscamente, rechazando coger la mano que le ofrecía un soldado para ayudarlo a incorporarse.
   –¿Y para eso querías el oro y el caballo? –le espetó el rey–.¿Para huir de la batalla?
   Hálel parecía haber recuperado toda la fuerza que le habían quitado a base de golpes. Sin duda el miedo lo espoleaba.
   –No huyo de la batalla, sino de los muertos que caminan. Mi señor, os lo suplico…
   –Entiendo que para ti pueda parecer real, joven amigo. Pero lo cierto…
   –¡No! –bramó en un ataque de cólera, mientras forcejeaba para librarse de los soldados que lo sujetaban–.¡No lo entendéis! ¡El enemigo al que pretendéis enfrentaros es la muerte misma! ¡Soltadme! ¡Dejadme marchar!
   –Metedlo en una celda –ordenó Dúnel–, pero no oséis causarle más daño del que le habéis hecho ya.
   –¡No! –chillaba, completamente ido y aterrado–.¡No me retengáis no quiero morir así!
   –Lleváoslo.
   Debió de ser un movimiento endiabladamente rápido, porque Dúnel apartó un momento la mirada del muchacho y cuando se giró de nuevo hacia él este había conseguido arrebatarle una daga a uno de sus custodios. La escolta del rey desenvainó el acero tan pronto como vieron a Hálel armado, de igual manera que los soldados presentes. El rostro de muchacho era la viva imagen de la desesperación y la locura.
   –¡Atrás! –les gritó el infeliz–. ¡Dejadme marchar! No quiero hacer daño a nadie.
   –Suelta esa daga, Hálel –le ordenó Dúnel entre sus escoltas–,  o el que saldrá mal parado será tú. Estás rodeado por hombres armados, curtidos en batallas y cuyas espadas son prolongaciones de sus brazos.
   Hálel, apuntando a todo el mundo con su arma, parecía dudar.
   –No moriré aquí, no moriré de esa forma –murmuraba para sí como un demente.
   No dio tiempo a impedirlo. El joven, cuyos ojos revelaban que el miedo lo había poseído, se puso la daga en el cuello y no le tembló el pulso cuando se segó con ella la garganta. Dúnel se lanzó desesperadamente contra él, pero era demasiado tarde. La vida se le escapaba con la misma velocidad con la que la sangre salía de su cuerpo y empapaba las manos de Dúnel. ¿Acaso el miedo y las fantasías podían llevar a la muerte a un joven? Los ojos de Hálel dejaban claro que sí.
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Sobre Abel Murillo

Abel Murillo.
Presidente de la Asociación Cultural Lupus in Fabula (@AC_LiF).
Organizador del Festival de Fantasía de Fuenlabrada (@FFF_Fuenlabrada).
Autor del Legado de la Profecía (@LegadoProfecía).
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2 comentarios:

  1. ¡Hola Abel! Por casualidad he dado con tu blog y me ha maravillado. Ya me he suscrito para poder seguirlo mucho mejor, tienes un talento enorme para escribir y estaré encantado de leer tus publicaciones.
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    Un saludo, ¡nos leemos!

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    1. El placer esmío. Un abrazo y nos leemos ;-)

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