Magia de Sangre

Ilustración de Tamara Kadoura


La delicada mano de Mórgathi se deslizaba por la barandilla de las escaleras por las que descendía a toda velocidad, como si fuese una suave caricia pero acuciada por una urgencia que le impedía detenerse al detalle. Su pelo, negro como el azabache, danzaba al son de los apresurados pasos de la doncella elfa, una nube tan sedosa como oscura que contrastaba con su pálida piel. Sus ojos verdosos no se detenían en las sombras que creaba la temblorosa luz de las antorchas, tampoco sobre los trabajados candeleros tallados finamente en madera donde reposaban las teas. Descendía por aquellos escalones de mármol negro a toda velocidad, centrada en llegar a las cámaras subterráneas de palacio. Llegaba tarde a su cita.
    Cuando llegó al último nivel, se encontró con el largo y estrecho pasillo de paredes tan oscuras como su cabello que tantas veces había recorrido. Al final del mismo, una puerta de roble, con una serpiente enroscada en una espada tallada en la gruesa hoja, le dio la bienvenida. Mórgathi no se molestó en llamar, entró en la estancia tenuemente iluminada intentando controlar el jadeo provocado por la carrera escaleras abajo.

    –Te has vuelto a retrasar –le dijo un individuo ataviado con una raída y deslucida túnica que en su origen debió ser negra, con la capucha ocultándole en rostro entre sombras.
    –Lo siento –respondió la elfa, agachando la cabeza–. No volverá a ocurrir.
    El encapuchado no se dignó en dedicarle ni una mirada. Estaba enfrascado en ordenar un escritorio atestado de legajos, pergaminos, mapas y viejos libros polvorientos. Mórgathi levantó la cabeza, buscando un gesto de indulgencia por parte de su interlocutor, pero solo halló indiferencia y silencio. Apretó los labios hasta convertirlos en dos delgadas líneas dibujadas sobre su bello rostro, molesta por el trato. No dijo nada, no se atrevía a hacerlo. Aún no.
    Paseó su mirada por aquel aposento que tantas veces había visitado. Era cuadrado, pequeño, repleto de estanterías abarrotadas de libros, probetas, frascos, piedras resplandecientes con runas grabadas en las mismas. Al fondo estaba el escritorio acompañado de una pesada y sobria silla, de madera tan oscura como el resto del mobiliario, sin tallas ni ornamentos. Una jaula cubierta con una tela mugrienta y descolorida reposaba sobre la mesa.
    –Dijiste que no volvería a ocurrir la última vez que nos vimos –rompió el silencio el encapuchado, girando su rostro oculto hacia ella–, y la anterior también. Ahora soy yo el que te dice que esta vez será la última que llegas tarde. No habrá más oportunidades, Mórgathi.
    –Sí, maestro –contestó ella sumisa.
    –Deberías mostrar más agradecimiento por los conocimientos y las artes que estoy compartiendo contigo –volvió a su tarea de despejar el escritorio, dando la espalda a Mórgathi–, y no perder tanto tiempo metida en las sábanas del tálamo real. Gileon tiene obligaciones para con nuestro pueblo, no lo olvides. Para él eres únicamente un juguete.
    Aquellas palabras dolieron. Los ojos de la elfa resplandecieron de odio dirigido hacia su arrogante mentor. Ya era demasiado para ella tener que pertenecer a las Damas del Amanecer, las sirvientas de la Reina Imperecedera Ileniel, y dispensar los caprichos y necesidades de la esposa de Gileon, su único amor. A veces soñaba con la posibilidad de que el rey elfo renunciara a todo para marcharse con ella, lejos de la corte y las tradiciones élficas. Pero aquel sueño se antojaba muy difícil de hacerse realidad. No necesitaba el sarcasmo y los reproches de aquel ser amargado que vestía como un menesteroso y vivía en las entrañas del palacio, entre magia y secretos.
    –No olvidaré tus palabras, maestro –lanzó la frase como si hiciese un juramento.
    –Cada minuto que pasas en brazos de ese rey, satisfaciendo el calor que no encuentra en su legítima esposa, lo estás perdiendo de poder acercarte al conocimiento y el poder, los verdaderos, no esas fábulas supersticiosas en las que se basan nuestras tradiciones. Recuerda, Mórgathi, que frente a la visión acotada y retrógrada que ofrecen en la Torre de Nión los sabios y videntes yo te ofrezco la verdad.
    –Lo sé, maestro.
   –¿Qué es lo que realmente quieres, Mórgathi? –le preguntó directamente, girando su cabeza encapuchada hacia ella.
    –Lo quiero todo –respondió sin titubear.
    Lentamente, su mentor se retiró la capucha, descubriendo un rostro salpicado por multitud de manchas grisáceas de diferentes tamaños. Su pelo, que era tan negro como el de la elfa, presentaba mechones blancos aquí y allá, pero quizá lo que más impactaba eran sus ojos: dos turbadoras esferas ambarinas que parecían refulgir dentro de las profundas y oscuras ojeras que los enmarcaban. Mórgathi permaneció impasible, como si el aspecto de su mentor no le inquietase lo más mínimo, aunque por dentro su corazón se agitó como una manada de caballos salvajes huyendo de los depredadores.
    –Tendrás que pagar un alto precio para conseguir todo –dijo su maestro poniendo énfasis en la última palabra.
    Mórgathi no titubeó.
    –Estoy dispuesta a pagarlo con mi propia sangre.
    El elfo esbozó una gélida sonrisa, con aquellos ópalos amarillos fijos en ella.
    –¡Bien, sangre! Precisamente será lo que demandarás cuando conozcas los secretos de la magia que tiene relación con ella.
    Su mano, que presentaba las mismas motas cenicientas que la cara, tomó con cuidado el paño que cubría la jaula y lo retiró, dejando ver un cuervo entre los barrotes. El animal se agitó al entrar en contacto con la tenue luz de la estancia. Algunas plumas negras salieron de aquella pequeña cárcel, flotando ligeras y libres.
    –La magia de sangre es un arte prohibida –Mórgathi trató de que su voz no reflejase la ansiedad que parecía apoderarse de ella.
    –Que muchos consideran prohibida –matizó su maestro mientras examinaba con interés al cuervo–. ¿Por qué hemos de limitar nuestras experiencias? ¿Por qué hemos de temerlo cuando podemos controlarlo?
    –Algunos dirían que no se puede controlar.
    –Se puede. Pero has de pagar el precio, como antes he dicho. ¿Es mucho esfuerzo para ti prestarme atención cuando hablo?
    Mórgathi notó cómo el rubor teñía sus mejillas. ¡Cómo odiaba a aquel arrogante elfo de aspecto malsano!
    –Lo siento, maestro –dijo con desgana.
    –Artes malditas, artes prohibidas las llaman algunos –pasó su mano salpicada en gris por los barrotes de la jaula. El cuervo revoloteó intranquilo–. Yo prefiero decir que el conocimiento es poder, y precisamente es eso lo que nos da la sangre. Poder, energía, protección. ¿Acaso no merece la pena pagar un precio tan elevado por algo que puede otorgártelo todo?
    El maestro de Mórgathi abrió un cajón de la mesa y de él sacó una reluciente daga en cuya hoja había grabadas runas élficas. Dentro de su jaula, el cuervo graznó agitado. La mano del elfo le agarró con firmeza pese a los picotazos que este lanzaba, intentando defenderse de un destino que ya parecía intuir
    –La sangre de nuestros sacrificados es nuestra energía –musitó cerrando los ojos.
  Alzó a la desdichada ave por encima de su cabeza justo un instante antes de que un relámpago plateado con forma de tajo segara su vida. Una erupción de sangre brotó del cuervo, cuyas alas ya no revoloteaban sino que caían inertes cual mortaja, salpicando al maestro en la cara. Mórgathi supuso que se hallaba inmerso en algún tipo de trance, de éxtasis, a juzgar por los escalofríos que trataba de contener su mentor y la sonrisa de satisfacción que se dibujaba en su rostro. El fino hilo carmesí manaba del pájaro y moría en la piel moteada del elfo. Su aspecto era aterrador. La joven Dama del Amanecer dio unos pasos atrás. Sus ojos eran dos esmeraldas que brillaban con la luz que conceden el miedo y la excitación. Su maestro bajó los brazos y jadeó. Parecía fatigado pero a su vez colmado de un vigor renovado. Era extraño de explicar. La daga fue depositada en la mesa mientras que el cuerpo inerte del cuervo cayó al suelo como un fardo. No había sangre en el cadáver.
    El elfo se sentó en la silla, algo más relajado, y abrió los ojos, aquellas dos antorchas amarillas que buscaron los de Mórgathi.
    –Sí, ya veo que lo comprendes –susurró–. La sangre es la vida. Fuente de regeneración vital, escudo de maldiciones, clave de la inmortalidad.
    –Ya somos inmortales –apuntó ella, sin darse cuenta de su descaro. Su mentor pareció obviarlo.
    –La inmoralidad del espíritu, pequeña ingenua. Recuerda que a los elfos no nos consume el lento paso del tiempo, pero sí la muerte violenta. La magia de sangre explora ese camino de la inmortalidad que nos ha sido negado: el que nuestro espíritu prevalezca aunque encontrásemos nuestro fin bajo el filo de una espada o tras la ingesta de algún veneno. Vivir más allá de la muerte, Mórgathi. Por eso la nigromancia, arte prohibida que tanto parece seducir a los mortales sensibles a la magia, tiene su base en esta práctica.
    La curiosidad y las ganas por saber más ardían con fuerza en el corazón de la elfa.
    –¿El espíritu de un ser reside en su sangre? –preguntó midiendo su ansiedad.
    –Su fuerza vital y, por lo tanto, parte de su espíritu. Algunos eruditos y conocedores de la magia de sangre, ávidos del poder que esta confiere, hacían sacrificios mayores que el que acabo de realizar. Enemigos en cuya sangre se bañaban, algunos incluso ingerían, alimentándose de su energía y eludiendo las maldiciones que lleva consigo este arte.
    –¿Maldiciones?
    –Te dije que esto tenía un precio –sonrió, extendiendo sus manos de manchas color ceniza–. Eludirlo significaría cometer miles de barbaries en favor de la ambición y la codicia, por eso yo acepto la condena gozoso, agradecido por el conocimiento y el poder que me es concedido. No todo el mundo está preparado para esto. No todos saben cuándo es suficiente.
    La respiración de Mórgathi impuso un ritmo acelerado al subir y bajar de su pecho. No podía apartar la mirada de su maestro, no podía quitarse aquella escena que acababa de presenciar. No podía quitarse el eco de aquellas palabras resonando en su cabeza. Poder, infinito e ilimitado poder. Se estremeció al pensar en ello.
    –¿Me… instruiréis en este arte? –casi no podía articular las palabras.
    La mirada severa de su maestro la escrutó, buscando en ella algún indicativo que le hiciera negarse a ello.
    –¿Pagarás el precio convenido?
    Mórgathi sonrió satisfecha. En sus ojos verdes titiló la luz del anhelo y la codicia.
    –La deuda que adquiera será pagada.

Compartir en Google +

Sobre Abel Murillo

Abel Murillo.
Presidente de la Asociación Cultural Lupus in Fabula (@AC_LiF).
Organizador del Festival de Fantasía de Fuenlabrada (@FFF_Fuenlabrada).
Autor del Legado de la Profecía (@LegadoProfecía).
    Comentarios de Blogger

2 comentarios:

  1. Huargoooo... más, estás despertando un hambre voraz son el Legado... ¡maaaaaaaaás!

    ResponderEliminar