Fragmentos: Un Atajo por Hazhad-Uldred

Ilustración de David Lanza


La compañía de enanos comenzó a ascender por el quebrado camino, unos muy juntos de otros, en un sepulcral silencio y con todos los sentidos alerta. Cuando apenas llevaban un par de kilómetros, la fatiga comenzó a hacer acto de presencia. Era demasiado empinado, a veces parecía que hasta vertical, y la humedad en los peldaños tampoco servía de mucha ayuda. De cuando en cuando debían parar para maniobrar con Bain. Era una tarea dificultosa y delicada, porque, al delicado estado de salud del rey, había que unir el peligro de que cayera al vacío si se hacía un movimiento en falso. O incluso que cayera alguno de sus porteadores. Debían ser precavidos y muy cautos en ese sentido.
   –De todas las horribles rutas que nacen en las minas –gruñó Sorian, visiblemente contrariado–, ésta es, sin duda, la más odiosa de todas.
   –Al menos podremos tomarles la delantera a los trasgos –apuntó Glósur, que se secaba el sudor de la frente con el dorso de su mano enguantada.

   El rey de los Yunqueternos le dirigió una mirada enfurruñada y se limitó a suspirar roncamente.
   El ascenso de la Escalera les llevó casi cuatro horas. Cuando llegaron a un pequeño llano en mitad de la misma, los enanos pararon para tomar un poco de aliento antes de continuar.
   –La peor parte ya ha pasado –les informó Glósur, mientras señalaba un empinado descenso con más escalones–. Ahora todo será cuesta abajo. Al final de estos peldaños, llegaremos a Karak–Dür.
   Parecía que aquello había alentado un poco a los fatigados enanos. Recuperaron parte del ánimo que habían perdido. Era un grupo bastante trágico, se dijo Glósur mientras los observaba. Unos venían de sufrir un asedio por parte de los trasgos y el resto eran los supervivientes de la matanza orca y ogra. No se les podía reprochar nada, ni siquiera las caras largas que lucían pese a estar tan cerca de su objetivo. Al menos eso esperaban, que fuera el final del camino. Se lo tenían merecido después de tantos pesares.
   Tras comer y beber un poco, reanudaron la segunda parte de la jornada. Por lo menos, ahora el esfuerzo era menor dado que las escaleras serpenteaban en descenso. Poco a poco, el camino se hizo más ancho, lo que facilitó en gran medida el avance, recorriendo en poco tiempo mucha distancia. Y, por fin, se escucharon las primeras bromas, risas y canciones entre los enanos. Una parte del corazón de Glósur, se regocijó ante aquella espontánea explosión de júbilo. Otra, en cambio, hizo que se estremeciera ante la posibilidad de estar descubriendo su posición. Un pensamiento absurdo, desde luego; los trasgos estaban lejísimos de ellos y nadie se atrevería a seguir esa ruta.
   Cuando, a unos escasos quinientos metros, aparecieron los muros de Karak–Dür, la algarabía no pudo ser frenada por más tiempo. A simple vista, sólo se distinguía una pared de roca oscura, rugosa y que se alzaba más allá de donde la vista alcanzaba. Dos columnas enmarcaban lo que se suponía, era la entrada a la ciudad de los Grandes Reyes de los Enanos. Sólo había un problema: había que esperar a que se iluminaran las Runas Custodias de la puerta para que ésta se abriera. Y solo se abrían cuando existía una poderosa razón para hacerlo. No habían avisado de su visita, ni de su marcha, para cualquiera eran intrusos. Enanos, sí, pero intrusos.
   Glósur y Sorian sabían de ese misterio, y eran conscientes de que tocaría esperar un poco, al menos hasta que las Runas se iluminaran. Mandaron avanzar un poco más, intentándose hacer oír entre el bullicio. Había que descender completamente, hasta la zona llana en la que se elevaban los muros, y dejar a Bain en un lugar algo menos accidentado. Así pues, comenzaron a caminar apresuradamente y cantando.
   De pronto algo heló el corazón de Glósur, que cogió del brazo, casi instintivamente, a Sorian. Un pequeño desprendimiento de piedras se escuchó tras ellos, y un sonido de pequeños y repiqueteantes pasos se hizo presente en la oscuridad. A los dos camaradas les invadió la duda de darse la vuelta o salir corriendo hacia los muros y aporrearlos pidiendo auxilio. Las antorchas de los demás enanos, que de súbito enmudecieron, enfocaron hacia el lugar de donde provenía el ruido, pero no se veía nada. ¿Serían víctimas de una psicosis colectiva?
   Una sombra informe cruzó por la derecha del grupo, demasiado rápido como para alcanzar a ver qué era aquello. Parecía como si esa cosa pudiera deslizarse por la pared de roca vertical. Era imposible… ¿Qué podía ser?
   –¡A la izquierda! –un enano dio la voz de alarma, girando su antorcha hacia el lugar donde había conseguido ver algo.
   Todas las antorchas se giraron buscando no se sabía bien qué. Pero toda duda quedó rápidamente resuelta, para horror de todos los enanos.
   –¡Arañas! –gritó alguien–. ¡Arañas gigantes!
   Las temblorosas luces de las antorchas desvelaron ese horror. El reducido grupo de guerreros enanos estaban rodeados, por todos los lados, de arañas gigantes. Seres repugnantes del tamaño de un buey, con sus colmillos, sus aguijones, sus cuerpos tumefactos, los pequeños y múltiples ojos… No era una visión para nada agradable. Algunas de estas abominaciones colgaban del techo, descendiendo inexorablemente por una viscosa y reluciente tela de araña. Iban ha convertirse en un manjar muy suculento, los enanos.
   No había tiempo para estrategias ni planes de ataque. Cada guerrero empuñó su hacha o su martillo de guerra y trataron de abrirse camino a mandobles entre aquellos seres hediondos y repulsivos. Pero las arañas no eran tan fáciles de matar, pues se movía con rapidez y aprovechaban su capacidad de trepar por las paredes para ponerse a salvo de los golpes, y dejarse caer con todo su peso desde una altura considerable. Algunos enanos sufrían el tremendo impacto y se precipitaban al vacío de las grietas o quedaban atrapados entre las patas de las bestias. Entonces era cuando sacaban el supurante aguijón e inyectaban su veneno a los enanos, que quedaban inertes y rígidos casi al instante.
   Glósur y Sorian combatían espalda contra espalda, cerca de las parihuelas de Bain, que yacía impasible, ajeno a cuanto sucedía a su alrededor.
   Conseguían hacer huir a algunas con las antorchas, pero era inútil porque, de cualquier agujero oscuro, emergía otra araña amenazante. Glósur ahora pensaba que hubiera preferido caer bajo la espada orca que devorado por una monstruosidad así. No era ese fin para los guerreros.
   De pronto, con un sonido sordo y profundo, dio la sensación de que la tierra se movía. Era como si las entrañas de la montaña rugieran con fuerza desde lo más profundo de su interior. Las arañas, confusas y asustadas, se retiraron tímidamente del cerco al que tenían sometidos a los enanos, expectantes y alertas. Los viajeros también se sentían  sorprendidos. Poco a poco, Glósur dejó de prestar atención a las arañas gigantes y se giró hacia los muros de Karak–Dür. Lo que pudo ver le hizo suspirar de alivio.
   Una a una, las Runas Custodias de la Puerta del Enano comenzaron a iluminarse, como si de estrellas se tratasen. Las inscripciones, grabadas milenios atrás por los propios maestros rúnicos, trazaron un arco entre las dos columnas, delimitando el cerco de la entrada a la ciudad. Como por arte de magia, las dos rocas que se dividían formando las hojas de la puerta, comenzaron a abrirse y de ella salieron en tropel una multitud de guerreros enanos que comenzaron a lanzar sus hachas arrojadizas contra las arañas, que comenzaban a retirarse. A continuación, la Guardia de Üorcruw, formidables guerreros que combatían en pareja, crearon un perímetro de seguridad alrededor de los viajeros. Mientras que un guardia portaba un enorme escudo y un hacha, el otro disponía de una enorme lanza que sujetaba por encima del escudo, lanzando duras y secas estocadas cuando alguna araña intentaba acercarse.

Fragmento perteneciente a El Lobo Blanco. A la venta en el blog y en Amazon.
Compartir en Google +

Sobre Abel Murillo

Abel Murillo.
Presidente de la Asociación Cultural Lupus in Fabula (@AC_LiF).
Organizador del Festival de Fantasía de Fuenlabrada (@FFF_Fuenlabrada).
Autor del Legado de la Profecía (@LegadoProfecía).
    Comentarios de Blogger

2 comentarios: