Brúrthrog, el Rey Troll

Ilustración de César Esteban


 ¡Venid y sentaos en torno a la mesa, barbilampiños enanos! El fuego que crepita en el hogar reconfortará vuestros corazones mientras que el camarada Gilmu mantiene nuestras jarras llenas de su cerveza. ¡Sentaos, por mi barba! No seáis tímidos, pues me dispongo a narrar la historia del Terror del Ered Durak, la Tristeza de Barud Düm : Brúrthrog, el Rey Troll.


¡Ah, buen Gilmu! Procura ser generoso con ese tostado líquido, necesitaré humedecer el gaznate pues la historia que voy a contar… Mejor no adelantar nada, jóvenes camaradas. Tan solo decir que es tan oscura como triste.


Nadie sabe exactamente de dónde surgió aquella terrorífica amenaza que, según cuentan, mora en las profundidades más recónditas de la montaña. Puede que fueran nuestros mineros, cavando sin medida en busca de mithril u otros metales preciosos. Quizá fueran los trasgos, hurgando en las entrañas de la roca, creando sus infames asentamientos y moradas. Lo cierto es que nunca lo sabremos, y tampoco nos importa, todo sea dicho. Fuera como fuere, las sombras trajeron a Brúrthrog para desgracia de nuestro pueblo.


Este ser no era una bestia estúpida como los otros trolls comunes, cuyo cerebro es tan blando que son capaces de dejarse someter por trasgos y orcos que, como bien sabéis, son inferiores en fuerza y tamaño. No, Brúrthrog poseía una inteligencia impropia de su raza, un talento natural para la muerte y una presencia tan aterradora como para poder infundir auténtico pavor en todas las criaturas hijas de la oscuridad. Los escritos son muy claros describiendo a una enorme mole que hacía pequeños a sus iguales, con gruesos brazos semejantes a los pilares que sostienen las bóvedas de nuestros salones, colmillos prominentes como cuchillos. Una abominación capaz de someter a todas las manadas de orcos, trasgos y hobotrasgos combinando su superior intelecto con la fuerza bruta. Todos cayeron a sus pies, y fue entonces cuando comenzó a conocérsele con el sobrenombre de El Rey Troll.


No tardó en hacer que su horda se contara a millares, extendiendo sus dominios más allá de las cavernas profundas donde habitaba. No había líder orco que no quisiera unírsele y así someter, saquear y asesinar, y aquellos lo suficientemente insensatos como para plantarle cara eran aplastados sin miramientos. Cuando no le quedaron enemigos que batir, puso sus crueles ojos en nuestro pueblo.


Al principio se hablaba de extrañas desapariciones de mineros enanos, de partidas de metales y piedras preciosas que no llegaban a sus depósitos. Se mandaron destacamentos de montaraces enanos del clan de los Barbablancas, experimentados rastreadores, para que investigasen la causa de estos sucesos. Jamás se volvió a saber de ellos.


La inquietud y el temor comenzaron a apoderarse de los asentamientos cercanos a las excavaciones. Todos miraban con recelo aquellos pozos, aquellas brechas abiertas en la roca y esperaban… Esperaban, pues sabían que, tarde o temprano, acabaría vomitando un mal para el que no estaban preparados. Y así fue.


Brúrthrog cayó sobre nuestros hermanos como un derrumbamiento: sin previo aviso ni contemplaciones. Arrasó los asentamientos y hogares de Barud Düm, saqueando todo cuanto había de valor en ellos y dejando tras su paso un rastro de cadáveres que ocultaba el suelo. Ningún contingente enano era capaz de doblegar las fuerzas del Rey Troll y su horda. La hora del dolor parecía estar próxima.


Thrógir hijo de Thrugson, Rey del Clan de los Fazdehierro y Señor de Barud Düm, decidió no dejar impunes tales agravios y lideró un contingente de valientes enanos, dispuesto a dar caza a la bestia. Rastrearon los oscuros pozos donde, se suponía, tenía sus dominios el Rey Troll, prestos para dejar caer todo su poder contra él y su horda. Pero el rey enano subestimó la inteligencia de la bestia creyendo que Brúrthrog se expondría fácilmente.


 Nada hallaron, Thrógir y los suyos, en esa primera batida, de modo que decidieron regresar a la fortaleza para planear con mayor detenimiento la siguiente. Y entonces cayeron sobre ellos. Cientos de enemigos, tal vez fueran un millar, que habían estado acechándoles hasta que, aprovechando la distracción del grupo de enanos, decidieron golpear de forma inmisericorde. No hubo supervivientes salvo Thógir, a quien perdonaron la vida. Un castigo cruel para un guerrero que prefiere la muerte en combate antes de saberse objeto de clemencia enemiga.


Humillado y con su orgullo herido, el rey de los Fazdehierro juró que la afrenta sería resuelta, que dedicaría toda su vida a buscar y dar muerte a Brúrthrog. Organizó muchas más partidas, cada una más numerosa que la anterior, y los resultados fueron idénticos: todos los camaradas enanos eran masacrados y Thrógir regresaba con las manos vacías y manchadas de sangre. El Rey Troll disfrutaba torturando su ánimo y su espíritu segando las vidas de su pueblo delante de sus ojos. Y nada se podía hacer al respecto.


Un fatídico día, la bestia y toda su horda (la cual había ido creciendo a pasos agigantados, pues el mal atrae al mal) decidieron que ya se habían divertido lo suficiente con aquel macabro juego, y que había llegado la hora de acabar con Thrógir y los Fazdehierro. Se dice que el ejército de Brúrthrog era tan inmenso que el retumbar de sus pasos se escuchaba fuera de la montaña. Los enanos supieron que su fin estaba cerca.


El rey del clan, sabedor de que no tenían posibilidades de encontrar victoria, ordenó a sus mineros construir una especie de dique para encerrarlos. Había que impedir por todos los medios que el Rey Troll siguiera extendiendo su crueldad y su maldad por el resto de dominios de nuestro pueblo. Sus instrucciones fueron claras: si la batalla se torcía, debían romper los puntales que sujetaban las paredes de roca próximas al dique y sepultarlos.


Por fin, Thrógir y el Rey Troll se vieron las caras. Fue en la batalla de Barud Düm, donde todos los Fazdehierro decidieron plantar cara a horror y la desolación provocados por la bestia. Allí decidieron morir como guerreros, formar parte de las leyendas enanas. Sus gaitas de guerra sonaron por última vez, entonando lóbregas melodías de muerte, las cuales, dicen algunos, aún resuenan en las profundidades de la montaña. Y allí murieron. El rey enano se enfrentó en combate singular a la portentosa y sanguinaria bestia, luchando con arrojo, con valor, con el orgullo propio de una casta de poderosos enanos que habían sido señores de aquellos salones durante milenios. Encontró la muerte, como podéis imaginar, y Brúrthrog tomó el ensangrentado estandarte de los Fazdehierro para ponérselo sobre los hombros como si de una capa se tratase.


Cuando vieron el cadáver de su rey, exhibido como un trofeo por el infame Rey Troll, los mineros enanos comprendieron que debían ejecutar las órdenes que su señor les había dado. Los puntales se vinieron abajo y los muros de roca cedieron, creando un abismo imposible de superar entre la maldad de la criatura y sus huestes y el pueblo enano. La bestia no había sido derrotada, su cabeza no adornaría el salón del trono de algún rey de clan, pero al menos se habían asegurado de que jamás volvería a extenderse su mal y su crueldad… O eso es lo que quieren que creamos…
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Sobre Abel Murillo

Abel Murillo.
Presidente de la Asociación Cultural Lupus in Fabula (@AC_LiF).
Organizador del Festival de Fantasía de Fuenlabrada (@FFF_Fuenlabrada).
Autor del Legado de la Profecía (@LegadoProfecía).
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