Un adelanto de El Legado de la Profecía III

Lo prometido es deuda. Como ya os anuncié en las redes sociales, hoy es un día de esos en los que parece que todo te sonríe. Las noticias que me van llegando son todas muy positivas, un soplo de aire puro para mis pulmones, los cuales necesitaban fuerza de cara a unos meses de trabajo muy duro en ELDLP III.

De momento no puedo anunciaros nada, pero os insto a que vayáis vigilando en Cuaderno de Bitácora. En poco tiempo iré revelando cosas muy interesantes. De momento, y para celebrarlo, quisiera compartir con vosotros una pildorita de lo que será el cierre de la saga, y qué mejor que ofreceros una escena protagonizada por dos de los personajes más crueles y carismáticos de la Tierra Antigua. Con vosotros, amigos lectores, Lédesnald y mathrenduil en acción:






   El caos que había formado el dragón negro del rey varelden no cesaba. Tal y como le había prometido, La Muralla, ese gran bastión de los hombres, ese escudo inexpugnable que había repelido acometidas bárbaras durante siglos, era suyo. Su fracaso en la Mazmorra de Cristal tan solo era una vana anécdota en comparación con aquel triunfo. Lédesnald tenía un ego tan grande como su orgullo, pero en esa ocasión hasta él tuvo que reconocer que, sin la presencia y los planes de Mathrenduil, sus huestes todavía estarían plantadas en frente a La Muralla. Al menos ese mérito se lo reconocía. Por el momento.

   Fue todo un acierto no lanzar de primeras el dragón contra los guardianes. Sí, estaba claro que no tenían ninguna posibilidad, pero esto les habría dado tiempo a replantearse su estrategia, incluso a dividir fuerzas para mantener a sus krulls a raya. El factor sorpresa había jugado a favor suyo y en contra de la Guardia del Huargo Blanco. Estaban tan centrados en liquidar a los krulls… ¿Quién iba a pensar que un elfo oscuro montado en un dragón inclinaría la balanza a su favor? Era un pensamiento que le provocaba una profunda diversión interior.

   En cuanto consiguieron escalar el grueso y alto muro de Dür Areth, todo fue tan sencillo como cortar mantequilla con un cuchillo al rojo. Mientras el dragón abrasaba vivos a los estúpidos que osaban plantarle cara, los krulls, encabezados por Izhkad y el borse Órgalf, asaltaron y persiguieron a aquellos que se batían en retirada. Fue una carnicería digna de ser recordada. Lédesnald sentía cómo se le resbalaba la espada a causa de la sangre que empapaba su brazo. Pocos decidieron plantarle cara, y los que lo hicieron cayeron ante en mortal beso de su frío acero. Sus hordas de krulls bramaban enfervorecidos por el olor de la sangre y la carne muerta, y se lanzaban sin miramientos contra los guardianes que, al verse sobrepasados, intentaban fatídicamente ponerse a salvo y reagruparse.

   El suelo estaba embarrado a causa de la sangre derramada. Por doquier había cuerpos mutilados de los defensores de La Muralla, incluso alguno yacía agonizante con las tripas desparramadas. Se escuchaban sus cuernos tocando a retirada, cerca de la Torre del Aullido y de la fortaleza. Era la música que iba a acompañar su triunfo, y aquellos cuernos le marcaban la dirección. En su camino se topó con un guardián que se abalanzó sobre él con el miedo y la desesperación reflejada en sus ojos. Lédesnald lo esquivó con una finta, giró sobre sí mismo y le acertó un tajo en la espalda. El soldado lanzó un grito de dolor mientras sus ropas se teñían de carmesí. Despacio se dio media vuelta, intentando conservar las pocas fuerzas que le quedaban, dispuesto a sacrificar de la forma más absurda su patética existencia enfrentándose a él. Lédesnald abrió los brazos y le dedicó una burlona sonrisa, invitándole a que le atacase. El soldado apretaba los dientes y se aferraba a su espada con ambas manos. Entonces, su cabeza cayó separada de su cuerpo, que permaneció un par de segundos aún en pie soltando un chorrito fino de sangre, como si fuera una macabra fuentecilla. Cuando se desplomó, tras él estaba Mathrenduil, con su maravillosa espada élfica manchada de sangre.

   - Me has privado de mi pequeño entretenimiento – le dijo Lédesnald, señalando el cuerpo decapitado.

   Los ojos ambarinos del rey varelden se clavaron en él. Su rostro marcado por las cicatrices no mostraba emoción alguna. Visto allí, en mitad del campo de batalla, parecía un demonio de la guerra, con su armadura plateada, su piel grisácea, su larga cabellera blanca como la nieve y los ojos… Aquellos ópalos incandescentes que parecían abrasar aquello que miraban.

   - Se enfrentó a ti de igual a igual – su voz era pausada, algo ilógico al estar en pleno fragor de la batalla. – Merecía una muerte digna.

   Lédesnald no rechistó. Se limitó a desviar la mirada a un lado y asentir secamente. Le debía la victoria, tenía que digerirlo y aceptarlo.

   Mientras el dragón seguía vomitando fuego, arrasando todo cuanto le salía al paso, Mathrenduil le indicó a Lédesnald que avanzaran hacia los últimos bastiones de los guardianes, justo hacia donde huían  y trataban de ponerse a salvo. Los krulls corrían tras ellos, dando muerte a quienes conseguían dar alcance. Órgalf cargaba con ellos. La presencia del elfo oscuro le provocaba recelos, y procuraba no estar muy cerca de él. No era más que un estúpido borse supersticioso.

   La manada de bestias se agrupaba tanto a las puertas de la Torre del Aullido, la edificación cilíndrica donde estaba la almenara y el gran cuerno, como en las de la fortaleza de Dür Areth. Algunos incluso ya comenzan a intentar derribar estas con arietes improvisados. Órgalf se acercó a ellos sorteando los cadáveres que abarrotaban el suelo.

   - Los tenemos atrapados – dijo, intentando disimular el nerviosismo que le inspiraba estar tan cerca de Mathrenduil. – Los krulls están intentando derribar las puertas para dar muerte a los pocos que han conseguido escapar.

   - Quieren darse un festín de sangre – Lédesnald casi parecía hablar consigo mismo mientras sonreía, satisfecho por lo realizado. – Dejémosles que disfruten, se lo han ganado. Así podremos descansar un poco y esperar a que venga Sártaron para brindarle esta victoria.

   Por primera vez, Mathrenduil les mostró su sonrisa, una tan fría y tan irónica como las que Lédesnald solía dedicar a aquellos que no le caían en gracia. Miró de soslayo a los dos hombres y meneó la cabeza decepcionado.

   - ¿Ese es tu plan? – le dijo con desprecio el rey varelden. - ¿Aguardar aquí, asediando una torre, hasta que llegue tu amo?

   Lédesnald se puso rojo de rabia. Sártaron no era su amo, jamás lo había sido. Él no tenía amo. Le servía porque sabía que podría beneficiarse de ello. Quizá más adelante, cuando el poder de Sártaron se debilitase, podría arrebatárselo. Librarse del resto de señores de la guerra no le supondría problemas. Pero ahora solo le quedaba obedecer.

   - Hemos conquistado La Muralla – Lédesnald casi le escupía las palabras al elfo oscuro. – Nunca antes se había hecho. Debo esperar a Sártaron para entregarle este presente – hizo un gesto con la mano que abarcó todo cuanto les rodeaba.

   - Me decepcionas, asesino de reyes. Creía que tenías orgullo.

   -¿Acaso es lo mismo el orgullo que la traición? –no apartaba la mirada de Mathrenduil, que seguía sonriendo como si aquello le divirtiese. -¿Pretendes que me enfrente al Caudillo del Norte con una horda de krulls? ¿O acaso tu madre se pondrá de mi lado y me entregará a Sártaron y todos sus ejércitos?

   -Si quisiésemos matar a tu amo –Mathrenduil remarcó mucho esa última palabra, buscando la exasperación de Lédesnald-, ya lo habríamos hecho. Pero eso no nos conduciría a nada. Nuestros caminos discurren por la misma senda, de momento, y así deben seguir. Si se supiera que conspiramos contra Sártaron y que planeamos entregártelo, nuestra alianza se rompería y, con toda seguridad, sus hombres te ajusticiarían por traidor y perjuro. El Señor del Fin de los Días no puede caer de esa manera.

   - ¿Qué sugieres entonces?

   Mathrenduil borró su leve sonrisa para volver a ponerse esa máscara indescifrable que era su rostro surcado de cicatrices. Sus ojos buscaron los de Lédesnald.

   -Dejad aquí una guarnición, no hace falta que sea muy numerosa. Lo suficiente como para animar a aquellos que se refugian en la torre y la fortaleza a enfrentarse a ellos y huir. Muchos de ellos morirán intentando escapar.

   -Y también caerá mi guarnición.

   -Son solo krulls, son bestias prescindibles y podrás reclutar muchos más en adelante. Tú continúa tu camino, asolando las aldeas, rapiñando con el resto de estas útiles alimañas y ganándote su favor. Cuando al resto de seres de similar naturaleza, como los orcos, los ogros y demás, les llegue el rumor de que Lédesnald el arjón y su horda de krulls están asolando la tierra, no tardarán en querer unirse a ti. ¿Y a quién serán leales cuando la batalla comience? ¿De quién obedecerán las órdenes? Cuando caminen tras de ti todas las bestias de la Tierra Antigua ni siquiera Sártaron, Caudillo del Norte y Señor del Fin de los Días, podrá enfrentarse a ti, ni si quiera con todos sus ejércitos.

   Ahora lo veía claro. Las palabras de Mathrenduil tenían sentido y lo que proponía era razonable. Sártaron había conseguido reunir bajo su estandarte a todos los clanes de arjones y borses de Mezóberran, eran numerosos, sí, pero no dejaban de ser hombres con sus miedos, sus pretensiones, sus motivaciones. Las bestias como los krulls, los orcos o los ogros no eran más que eso: bestias que solo les movía el caos, la sangre y la guerra. Todos ellos juntos podrían igualar el número de efectivos de Sártaron, incluso superarlo. Y cuando se enfrentasen en batalla, los hombres huirían mientras que las bestias no. Los hombres buscarían el amparo de aquel que ostentase el poder suficiente como para salvaguardarlos. ¿Y a quién acudirían entonces cuando Sártaron cayera? A él.

   -¿Por qué me ayudas? –Lédesnald refrenó su euforia por un momento para mostrar su desconfianza por el varelden. Si planeaban traicionar a Sártaron, ¿por qué no a él también?

   Mathrenduil se giró y le dio la espalda, buscando con la vista a su dragón negro.

   -Porque fuiste tú quien acabó con la resistencia del rey Haoyu y de los suyos. Fuiste tú quien asedió a Iyurin en la Mazmorra de Cristal hasta que llegamos. Y tuya ha sido la victoria sobre La Muralla. Sártaron solo ha conquistado el norte, su propia tierra, mientras que tú estás conquistando la Tierra Antigua.

   El rey varelden comenzó a caminar, alejándose de ellos.

   -¿No vendrás con nosotros? –le gritó Lédesnald.

   Máthrenduil se detuvo y se dio la vuelta para mirarlos.

   -Mi ausencia no habrá pasado desapercibida, y Sártaron estará preguntándose dónde estoy. Debemos aparentar normalidad y demostrar que todavía remamos en la misma dirección. Pronto volveremos a vernos, Lédesnald el Regicida.

   Dicho esto, dobló una equina y desapareció.

   -Órgalf, ve a hablar con Izhkad. Que algunos de los krulls se queden aquí para continuar con la rapiña, se lo tomarán como un regalo. El resto, que se prepare para continuar la marcha.

   -Lo que ha dicho el elfo oscuro sobre nuestro señor Sártaron… -balbució el borse dubitativo.

   -Haz lo que te digo y cierra la boca.

   Lédesnald consiguió ver la sombra del dragón negro entre las nubes grises volando hacia el norte, un momento antes de reunirse con Izhkad y decidir cuántos krulls se quedarían allí y cuántos se adentrarían con él en Cáladai.


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Sobre Abel Murillo

Abel Murillo.
Presidente de la Asociación Cultural Lupus in Fabula (@AC_LiF).
Organizador del Festival de Fantasía de Fuenlabrada (@FFF_Fuenlabrada).
Autor del Legado de la Profecía (@LegadoProfecía).
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