Manuscritos de Griäl: La Batalla de Quil-Asur

Ilustración de César Esteban

La furia del mar no había sido suficiente. Ni las gigantescas olas que se tragaban las embarcaciones como si fueran de papel, ni la rugiente tormenta con su lluvia torrencial y sus rugientes truenos habían sido suficiente como para impedir que gran la horda enemiga tomase tierra en las pedregosas costas de Quil-Asur. Venían del norte, del Paso de la Penumbra, con toda seguridad. Millares de rudimentarias y caóticas arcas en cuyo vientre albergaban otros tantos miles de enemigos.
   -Orcos -dijo Célestor, a sabiendas de que ellos por sí solos jamás habrían logrado acercarse a los acantilados-. Los envían los varelden.

   Los vanos intentos de los elfos oscuros por matar al paladín se habían quedado simplemente en eso. Los asesinos de Shalimath, donde entrenaban a los más letales maestros de la muerte más silenciosa, no tuvieron la más mínima oportunidad contra el certero acero de Célestor. Sus cuerpos sin vida fueron arrojados a las frías aguas del Mar del Crepúsculo. Y ahora, temerosos de seguir perdiendo efectivos propios, enviaban a toda una horda de aquellos seres viles y repugnantes. Malditos cobardes.
   Los orcos ascendían por los acantilados con garfios y cuerdas, recibidos por una lluvia de saetas élficas que no conseguían ser suficientes como para frenar el avance de aquella marea de colmillos, músculos y esencia de maldad. Eran demasiados, más de los que había imaginado Célestor. No habría pues margen de error. Aquello solo significaba una cosa: vivir o morir.
   Los primeros en atacar fueron las tropas lideradas por Éldor Ojos de Felión, los cazadores de las montañas de Asuryon. No dudaron en chocar contra la marabunta de orcos que gruñían y se jaleaban con aquellas voces guturales capaces de helar los más templados corazones. El hierro mordió al hierro, a la carne y al hueso. Los enemigos caían a los pies de los valientes hombres de Éldor que no mostraban piedad, que no retrocedían. El capitán dio una orden y desde la retaguardia soltaron a los feliones, enormes bestias felinas de pieles negras como la noche y melenas blancas como la luna, rápidos como el viento, letales como la más afilada de las espadas. Las bestias se lanzaron contra las primeras filas de orcos, los cuales no supieron reaccionar, y cuando quisieron hacerlo ya estaban enredados en las mortales garras y colmillos de los feliones. Un auténtico festín para las fieras.
   Pero el enemigo era numeroso y una nueva oleada de pieles verdes emergió de los acantilados para intentar cercar a Éldor y sus cazadores. Célestor clavó la mirada en esa nueva remesa de orcos y levantó su espada. Detrás de él, los arqueros estaban prestos para darles la bienvenida que se merecían. Cuando el paladín bajó de golpe la espada, apuntando a los que se incorporaban a la batalla, las flechas silbaron cortando el viento, directas, precisas, ninguna erró su objetivo. Los orcos caían como las hojas en otoño, algunos precipitándose al vacío, otros apilándose en montañas de cadáveres en la roca. Célestor frunció el ceño. Quizá las flechas no serían suficientes.
   -¡Primeros Espadas! -gritó a sus hombres-. ¡Desenvainad!
   El silbido metálico de aquellos maestros del noble arte del esgrima acompañó el sonido de los cuernos élficos. Estos fueron respondidos por los de los orcos, un sonido más áspero, más ronco, más propio de aquellos seres. Célestor ni siquiera sintió que se le acelerase el pulso cuando avanzó hacia el choque. Algunos de los orcos bramaron al verlo aparecer, espada en mano y paso firme, le señalaban y algunos daban algún paso atrás. Sabían quién era.
   Los Primeros Espadas, liderados por su joven capitán Elebrian, aprovecharon ese momento de zozobra enemiga para acometer contra ellos, para hacerlos retroceder. Célestor también segaba vidas enemigas y continuaba el avance. Sobre un risco localizó a un orco bruno de enorme tamaño, debía ser su líder ya que los vociferaba y los espoleaba a base de látigo y amenazas a no retroceder. La horda parecía temer más a tiranía de su amo que al acero élfico. Aquello iba a cambiar.
   Célestor se abrió paso entre una nube de rivales, los cuales caían sin remedio. Su espada estaba teñida de la negra sangre orca, pero aún tenía sed, demasiada sed que debía ser saciada. El objetivo del paladín estaba claro: el gigante orco bruno que al verlo cómo se aproximaba dejó el látigo a un lazo y se lanzó del risco para enfrentarse a él. La bestia blandió su maza contra los elfos, quitándoselos de encima como si fueran moscas, con la mirada inyectada en sangre fija en Célestor.
   No vaciló a la hora de arremeter contra el paladín, lanzando un mandoble con todo su odio. El elfo tuvo que tirarse al suelo y rodar para evitar el golpe. Era demasiado rápido para tener aquel descomunal tamaño. No debía subestimarle. La bestia no dio respiro, y tras errar ese primera embestida volvió a descargar la ira de su maza. Célestor saltó con agilidad y volvió a evitar el fatal impacto. El orco bruno gruñó frustrado y escupió en el suelo. tenía la cara deformada a causa de las terribles cicatrices que le recorrían  toda la faz.
   Ahora era el turno de Célestor. Afianzó su espada con ambas manos, equilibró el peso de su cuerpo en ambas piernas, flexionando ligeramente las rodillas y esperó el ataque de su oponente. No le hizo esperar más de cinco segundos. El negro orco volvió a lanzarse contra él, con la poderosa maza en alto, dispuesto a aplastarlo contra la roca llena de salitre. Entonces, Célestor se impulsó de un salto contra su enemigo, como si fuese un ariete dispuesto a derrumbar la puerta de una fortaleza. El orco no lo vio venir, la espada del elfo trazó un arco con una rapidez endiablada y seccionó de un tajo uno de sus brazos. La bestia cayó de rodillas aullando de dolor, sujetándose con la otra mano el muñón sanguinolento. Sus ojos, fuera de sí, buscaron al causante de aquello.
   Célestor se acercó a él despacio, sin prisas ni titubeos. Era un ejemplar de orco realmente asombroso, con una corpulencia equivalente a tres cuerpos suyos. Aún de rodillas, le llegaba a la altura del pecho. No le dedicó ni una mirada más, no se recreó en la agonía de la bestia. El siguiente tajo que lanzó separó la cabeza del cuerpo, cayendo ambas partes como fardos. El elfo se agachó y tomó la cabeza del orco con la mano para arrojarla a la horda que lo seguía. Los enemigos comenzaron a retroceder, al principio despacio para acabar lanzándose acantilado abajo con tal de huir de la tormenta de acero de los elfos.
   Todo había acabado. Célestor no había recibido ni una sola herida. Solo aquella que siempre le acompañaba: Élennen.
   
  
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Sobre Abel Murillo

Abel Murillo.
Presidente de la Asociación Cultural Lupus in Fabula (@AC_LiF).
Organizador del Festival de Fantasía de Fuenlabrada (@FFF_Fuenlabrada).
Autor del Legado de la Profecía (@LegadoProfecía).
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2 comentarios:

  1. Grande!! jejeje una buena batalla siempre apetece. Brutal Abel!! ánimo sigue así, eres muy grande...

    SAludos

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    1. Muchísimas gracias por tus palabras! Animan a seguir hacia delante!

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