Fragmentos: Capítulo 26 de El Lobo Blanco




   –Puedes ir y deleitarte con su carne, Máglor –le dijo a la bestia, que, al momento, volvió a elevarse para disfrutar de su particular festín.
   Era un espectáculo digno de admirar. No comprendía cómo su madre podía perder el tiempo pensando en los débiles mortales y en sus reinos. Aquello sí que era magnífico. Ver caer a sus enemigos viscerales, recuperar la tierra de la que fue expulsado y maldito, regresar como el gran rey que siempre debió ser y que le habían negado durante tantos siglos. ¿Acaso había algo más glorioso que aquello?
   El sonido seco, frío y metálico de un acero al salir de su vaina hizo regresar a Mathrenduil de sus pensamientos. Al principio pensó que podía tratarse de Dágorth, su capitán, que al verlo allí apostado hubiera decidido subir para darle novedades. Pero, al girarse, vio que estaba equivocado.
   –Esto sí que es una auténtica sorpresa –espetó irónicamente, mirando con odio al alto elfo que se aproximaba calmadamente hacia él con una espléndida espada que refulgía como una llama anaranjada–. Elebrian el Imprudente. Nada mejor que ver cómo se postra a mis pies el Capitán de los Primeros Espadas, en señal de reconocimiento a su legítimo soberano.
   Elebrian, con la mirada gélida y desafiante, no se dejó intimidar por las palabras de Mathrenduil y continuó avanzando amenazadoramente.
   –No debiste venir aquí –Elebrian parecía escupir cada una de las palabras–. Has matado a muchos de mis soldados, has corrompido esta tierra sagrada. Ahora estamos solos. Tú y yo. Este será tu último error.
   Sin apenas inmutarse, Mathrenduil desenvainó su espada, que antaño perteneció a su padre, y extendió los brazos en actitud desafiante. El capitán de los Primeros Espadas de Asuryon sujetó la suya con ambas manos, presto para atacar, mientras su enemigo le sonreía con ironía.
   De pronto el alto elfo se paró en seco, como sorprendido por alguna presencia que le hubiera inquietado. Giró la cabeza lentamente y, con la burlesca risa de Mathrenduil de fondo, observó cómo el enorme dragón negro se había situado justo encima de su cabeza. A Elebrian no le dio tiempo a reaccionar, pues el dragón, con un movimiento endiabladamente rápido, asestó un terrible golpe con la cola al elfo, lanzándolo unos metros hacia delante. La espada salió disparada de su mano, cayendo al suelo lejos de su alcance, y Elebrian se desplomó a los pies de Mathrenduil.
   El rey de los varelden dio una pequeña vuelta alrededor del alto elfo, que trataba de levantarse en vano. El golpe que le había asestado el dragón había sido violento, estaba dolorido, desorientado y herido. Mathrenduil le empujó con su pie cuando se había conseguido poner a cuatro patas, volviendo a tirarlo al suelo. Estaba disfrutando muchísimo con aquella humillación.
   –Realmente debes estar loco –le dijo Mathrenduil con rencor y cierto tono de repugnancia– si esperabas que te concediera la satisfacción de poder medirte a mí en combate singular. Es un insulto.
   Elebrian trataba de incorporarse torpemente, pero, cuando lograba alcanzar cierta estabilidad, Mathrenduil le empujaba con desprecio y volvía a darse de bruces contra la tierra y la roca.
   –Mírate, gran héroe –el desdén que mostraba por el Primer Espada era obvio–. Ni siquiera puedes ponerte en pie. No has sido capaz de dirigir a tu hueste, has osado plantarte delante de mí con la intención de destruirme. Y ahora no eres más que un pelele en manos de tu enemigo. Tu orgullo y tu soberbia te han llevado a esto, Elebrian.
   Mathrenduil se arrodilló para ponerse a la altura del rostro del malogrado elfo. Le agarró del cabello y tiró para atrás, en un gesto que obligaba a Elebrian a mirarle a la cara. Los ojos ambarinos del rey varelden recorrieron cada rasgo del semblante del elfo, que pese a todo no parecía dar muestras de miedo o temor.
   –No es la forma más común de arrodillarse –rió Mathrenduil–, pero por fin te has postrado ante los pies de tu verdadero señor.
   Elebrian parecía sucumbir al dolor, daba la sensación que, de un momento a otro, perdería la consciencia.  Pese a todo, tuvo tiempo de reunir algunas fuerzas y dedicarle unas palabras a Mathrenduil.
   –Tú no eres mi rey. Tendrás que darme muerte porque no te daré esa satisfacción.
   Una ira ciega se apoderó de Mathrenduil. El rostro, surcado de cicatrices, se le contrajo debido a la indignación. ¡Aquel miserable, aquel atelden que se arrastraba como una bestia malherida había tenido la desfachatez de insultarlo a la cara, mirándolo a los ojos! Lanzó un golpe con la mano, cubierta por un guantelete de frío acero, similar a un zarpazo, que impactó directamente en los ojos de Elebrian, que se debatía entre terribles gritos de dolor. La sangre comenzó a brotar de su rostro, que se tapaba con ambas manos. En ese mismo instante, Dágorth y la guardia de Mathrenduil con las armas en la mano, aparecieron dispuestos a dar el golpe de gracia, pero su señor les hizo un gesto con la mano, indicando que se detuvieran.
   –La muerte es un premio demasiado dulce para ti, bastardo –las palabras de Mathrenduil iban cargadas de odio–. No tendrás la gloria del caído ni el reconocimiento de tu pueblo. Vivirás con la vergüenza de saber que te perdoné la vida, con el deshonor del subyugado, con el tormento de saber que por tu culpa murieron todos tus soldados. Que esto te persiga durante tus largos años de vida inmortal.
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Sobre Abel Murillo

Abel Murillo.
Presidente de la Asociación Cultural Lupus in Fabula (@AC_LiF).
Organizador del Festival de Fantasía de Fuenlabrada (@FFF_Fuenlabrada).
Autor del Legado de la Profecía (@LegadoProfecía).
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