Fragmentos: Capítulo 11 de El Lobo Blanco

Ilustración de Lorenn Tyr


   - Súbditos míos – retumbó la voz apergaminada de Dalin, Señor de los Tres Reinos, - camaradas enanos, mis hermanos. No voy a engalanar este discurso con bellas y retóricas palabras que nos hagan perder el tiempo, pues ya se nos ha consumido bastante. La situación en el Valle de Rumm es grave.
   Un ronco murmullo se hizo eco entre los muros de piedra de la Sala Primera. Dalin había sido directo, y quizá muchos enanos no estaban enterados de los movimientos de orcos y ogros. Desde el Trono de Piedra, el Gran Rey levantó una mano, indicando que se guardara silencio.

   - Sé que muchos no estabais al corriente de esta noticia, ni siquiera yo mismo sabía la respuesta. Pero uno de nuestros camaradas, el honorable Glósur hijo de Dósur, ha traído esta desgraciada nueva, tras haber pasado un tiempo observando los movimientos de los orcos y ogros desde la Atalaya Norte.
   Muchos ojos se posaron en Glósur. No le importaba, no era la primera vez que era el blanco de las curiosidades. Era un enano notable dentro de su clan y de la propia comunidad.
   - Los indicios expuestos son claros – continuó Dalin. – Una gran hueste de orcos y ogros migran rumbo dos direcciones: Norte, hacia Mezóberran, y oeste, hacia el paso de montaña norte.
   Un gran revuelo se produjo. La noticia había caído como una jarra de agua helada. Algunos enanos lanzaron maldiciones, otros, en cambio, gritos de guerra. Glósur observó como sus dos camaradas de viaje permanecían quietos, con un semblante serio, dirigiéndole miradas, como esperando una reacción su parte. Pero Glósur no era amigo de los protagonismos. De modo que se limitó a guardar silencio, mientras esperaba reacciones que le permitieran hacer algún juicio.
   - ¡Silencio! – bramó Dalin desde el Trono de Piedra. – Esto es muy serio, no lo convirtamos en cháchara de taberna. Los orcos han descubierto el paso que los lleva hasta Cáladai, y, según todo parece indicar, es más que posible que intenten atravesar la montaña con rumbo a los reinos de los hombres. Repito que el tiempo juega en contra nuestra. Vuestra opinión marcará el rumbo de aquello que deba acontecer en nuestro pueblo. Hoy saldremos de aquí con una solución.
   El primero en levantar la mano para solicitar hablar fue el Rey de Clan Bain de los Rocasangre. Era un enano imponente, con su cabeza afeitada, como el resto de su clan, pero con una runa tatuada justo en la parte trasera del cráneo. Tenía la barba pelirroja, pero ya asomaban las primeras canas en ella. A cada lado del rey de clan se sentaban Gorin y el príncipe, Násur, un joven enano de larga barba rojiza como su padre, con los brazos tatuados. Dalin le dio la palabra.
   - Mi Rey y Señor – comenzó con voz alta para que todos le escucharan, - creo que la decisión a ha sido tomada en el momento que el camarada Glósur trajo consigo la terrible noticia. Yo también he escuchado el relato por medio de mi buen Gorin, y sé que él es un enano íntegro y difícil de asombrar. No creo que se hayan exagerado los hechos, y creo que deberíamos partir de inmediato al paso de montaña e impedir que los orcos accedan al otro lado de la montaña.
   El Rey del Clan de los Yunqueternos, Sorian, levantó la mano para hablar. De los tres reyes de clan, él era el más joven. Tenía la barba y el pelo negros, y llevaba la armadura de bronce y míthril como tributo los artesanos y herreros de su clan. A sus pies tenía un gran martillo de guerra de exquisito diseño, con gemas y piedras preciosas engarzadas en él. Su barba también mostraba brillantes pasadores que la adornaban.
   - Habla, Rey de Clan Sorian – le dijo Dalin desde su trono.
   - Gracias, mi Señor y Rey  - el rey de los Yunqueternos bajó la cabeza ligeramente a modo de reverencia. – Yo también he escuchado la noticia y me sumo a la preocupación que a todos nos atenaza, pero quiero recordar que bajo la montaña también tenemos nuestros peligros. Viniendo de Éridor hemos pasado por antiguas ciudades enanas abandonadas, minas donde nuestros antepasados excavaron muy profundo. Ahora un mal negro mora en ellas. Los trasgos han ocupado estas zonas y también se han despertado, agitados por algún extraño mal que aún no conocemos.
   - Sí, el problema de los trasgos no nos es ajeno – intervino el Gran Rey Dalin.
   - Yo estoy de acuerdo con no perder de vista a los orcos y ogros que se dirigen al paso del Ered-Durak – continuó Sorian, - pero no olvidemos que nuestro lugar es éste, bajo la montaña, y que nuestros hogares están aquí. No soy partidario de marchar contra una manada de orcos cuyas intenciones no están claras, y dejar por el contrario nuestras ciudades con las defensas mermadas. No deberíamos subestimar a los trasgos, por muy patéticos y débiles que nos parezcan.
   - Camarada Sorian – se dirigió Bain, de los Rocasangre, - si bien es cierto que los trasgos se vuelven a erigir como una gran amenaza, no debemos dejar que una manada de orcos, acompañados de ogros y quién sabe qué más, logre atravesar el Ered-Durak, pues nos veríamos rodeados de enemigos tanto a un lado como a otro de la montaña.
   - Y yo digo que nuestras ciudades no deben quedar desguarnecidas – insistió Sorian, mirando con ceño a su igual. – Es un riesgo que no debemos correr, los trasgos están bajo la montaña y los orcos sobre ella.


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Sobre Abel Murillo

Abel Murillo.
Presidente de la Asociación Cultural Lupus in Fabula (@AC_LiF).
Organizador del Festival de Fantasía de Fuenlabrada (@FFF_Fuenlabrada).
Autor del Legado de la Profecía (@LegadoProfecía).
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