Venganza

Ilustración de Álvaro Ramírez


Las noticias aun eran confusas cuando me decidí a salir de Bosque Perenne, pero no podía permitir que los rumores de secesión dentro de nuestro pueblo siguiesen atormentándome. Cogí mi arco, regalo de mi padre Faogolphim, y puse rumbo a Válindel, la capital de Asuryon, patria de mi raza: los elfos de la luz.
Habían pasado ya más de seis lunas desde que mis dos hermanos partieran a la corte buscando respuestas tranquilizadoras. La muerte del Rey Inmortal Gileon, emboscado por una manada de orcos, había desatado por primera vez en nuestra historia el debate sobre quién debía sucederle: Mathrenduil, su hijo bastardo fruto de su relación con la bruja Mórgathi la Bella, o elegir un nuevo monarca, tal como dictan las leyes de nuestro pueblo.
La Reina Imperecedera Ileniel, esposa del difunto Gileon, defendía nuestras tradiciones y se sentía insultada al escuchar las voces que aclamaban a Mathrenduil como soberano. Había consentido aquella relación de su esposo con Mórgathi, incluso fue ella quien armó a su bastardo como Paladín Real, pero no parecía dispuesta a cambiar las leyes élficas por una reivindicación absurda carente de sentido.
Solo puedo decir que hubo disputas, algunos hablaron hasta de reyertas entre los partidarios de Mathrenduil y los fieles a Ileniel, pero todo era muy confuso, difuso como las nieblas del Mar de Poniente. Y ya habían pasado más de seis lunas desde que mis hermanos partieron… Tenía que hacer algo o la incertidumbre acabaría por ahogarme.
No me encontré a nadie mientras ascendía por el camino que serpenteaba los montes donde Válindel se ubicaba, mis únicos compañeros de viaje fueron el viento y la duda. Tuve que hacer noche al raso antes de llegar a las puertas de la ciudad, ya bastante avanzada la hora del lobo, cuando la luna alcanzó su cénit. Me llamó la atención ver luces de antorchas titilando por doquier, tras los muros, tras las ventanas… Parecía que Válindel ardía en sus entrañas. Se escuchaban voces, gritos, maldiciones, ruido de acero contra acero, el silbido de las saetas… Los rumores comenzaban a tener fundamento.
A mi encuentro salieron tres soldados con armaduras color plata y las alabardas prestas para ser utilizadas. Pertenecían a la guardia de Mathrenduil, no había duda.
- ¿Quién eres? – me espetó uno de ellos. - ¿A qué has venido?
Me sorprendió aquella hostilidad sin fundamento. Los guardianes de las puertas de Válindel jamás habían levantado las armas contra los de su misma raza, su misma sangre. No pude articular palabra, tan solo levanté los brazos de forma inconsciente y mecánica en claro gesto de sumisión.
- Mi nombre es Faobereth, hijo de Faogolphim, Señor del Bosque Perenne – dije sin poder ocultar el desconcierto en mi voz. – Tan solo vengo en busca de mis hermanos.
Los guardias intercambiaron miradas nerviosas, sin saber muy bien qué hacer o decir. Lo pude ver en sus ojos, estaban vacilando. Debía aprovechar ese momento.
- Mis hermanos son Tíronel y Féndor, dos de los mejores exploradores que existen en nuestro reino – dibujé una sonrisa en mis labios, intentando aparentar serenidad y calma, - y mi hermana Aerínnel es una de las Hermanas Juramentadas de la Reina Ileniel.
Algo cambió cuando mencioné los nombres de mi familia. Los guardas entornaron los ojos, convirtiéndolos en dos franjas llenas de desconfianza en sus rostros.
- ¿Sois el primo del Rey Mathrenduil? – no me gustó el tratamiento que le dieron al bastardo de Gileon, pero menos aun el tono con el que me lo preguntaron.
- Mi madre era la hermana del Rey Gileon, así es – me resistí a llamar primo a Mathrenduil.
Los guardias, amenazantes, dieron unos pasos hacia mí con las alabardas apuntándome el pecho. No retrocedí.
- Vuestra familia ha sido declarada traidora – sentenció uno de los guardas. Sus armaduras plateadas brillaban con la clara luz de la luna.
Por alguna razón, aquella acusación no me sorprendió. Algo me lo había estado advirtiendo desde que comenzaron los rumores de fragmentación entre los nuestros. Mi padre se había opuesto a Mórgathi y a sus intenciones de llevar a su hijo al trono. Era una bruja cuyo contacto con las artes oscuras iban más allá de la simple investigación. Estaba tocada por el mal, por lo prohibido. Elevar a su hijo a la categoría de rey era otorgarle a ella un poder que corrompería nuestra raza. Y, aunque nunca pudimos demostrarlo, la muerte de mi padre, aquel desgraciado accidente que tuvo en las montañas, estaba relacionada con esta oposición.
- ¿Acaso es traición defender con palabras aquello en lo que crees? – dije, intentando mover mis manos de manera imperceptible para que pudieran encontrar la espada que tenía sujeta a la espalda junto con el arco y el carcaj. Era una estupidez, lo sé. Ellos eran tres y yo uno, pero a veces el miedo nos empuja a cometer actos que jamás haríamos en frío.
- ¡Silencio, traidor! – me chillaron. Las puntas de sus alabardas comenzaron a acercarse más deprisa a mi pecho.
Un silbido cortó viento. El siseo seco y sordo de una flecha en mitad de la noche. No supe muy bien de donde venía, pero el guardia de mi derecha tenía la garganta atravesada por la saeta. El resto fue tan rápido como confuso. Sus compañeros se volvieron sorprendidos, buscando en vano al artífice de aquel ataque. No sé muy bien cómo y tampoco por qué, pero, antes de que me diera tiempo a pensar lo que estaba haciendo, tenía mi espada en la mano. Lancé un certero tajo contra la mano del que tenía a mi izquierda, seccionando el miembro que cayó contra el suelo salpicando la blanca piedra de rojo sangre. Giré, y el siguiente beso de acero buscó la yugular del guardián que aun quedaba en pie. No le dio tiempo ni a escuchar los alaridos de dolor que lanzaba su compañero mientras se sujetaba el muñón sanguinolento.
Las puertas de la ciudad se abrieron, como las fauces de un dragón hambriento. Reconozco que una parte de mí tuvo miedo. No sabía si quien apareciese por ellas sería amigo o enemigo. ¿Y cómo reconocerlo? En batalla los hombres se matan los unos a los otros, hermanos contra hermanos. Nunca lo entendí entonces, mucho menos cuando era yo el que había matado a dos de mi raza.
Respiré aliviado al ver los rostros de mi hermano Féndor y de Laránduil, antiguo miembro de los Primeros Espadas y maestro de armas de mi familia desde que éramos infantes. Féndor no me dijo nada, ni siquiera tenía la vista puesta en mí. Sacó una de sus flechas y silenció para siempre al agónico guardián mutilado. Volvió a reinar un tenso silencio.
- ¡Féndor! – mi voz era casi un hilo - ¡El Destino ha sido generoso! ¡Estás vivo!
Mi hermano hizo caso omiso de mis palabras. Se acercó a los cadáveres atravesados por flechas y se las arrancó, apoyando un pie en sus torsos, como si de animales se tratasen.
- ¿Qué estás haciendo aquí, Faobereth? – me preguntó con un tono de voz que me reprendía más que me consolaba por lo ocurrido.
- Tenía que venir – dije casi ofendido. – La última vez que tuvimos noticias vuestras…
- Tenías que haberte marchado – me espetó, meneando la cabeza. – Haber cogido un barco y zarpado hacia el Continente del Naciente, a la tierra de los hombres con los otros que han abandonado nuestras costas.
Hice acopio de todas mis fuerzas para no ponerme a llorar. Había ido hasta Válindel en busca de mis hermanos, dispuesto a dar mi vida por ellos, y ahora que estaba allí mi presencia parecía ser más un lastre que un motivo de ánimo.
- No soy ningún cobarde como para huir de mi tierra – intenté ni parecer un crío al decir esa frase. Dudo mucho que lo consiguiera.
- Tenemos que marcharnos de aquí, Féndor – dijo Laránduil, con su voz grave y pausada. – Este ya no es un lugar seguro.
- ¿Marcharnos? – me extrañé. - ¿Cómo que marcharnos? ¿Qué está pasando? ¿Dónde están Aerinnel y Tíronel?
Féndor se giró bruscamente hacia las murallas de Válindel, escrutando la luz de las crepitantes antorchas.
- Nuestros hermanos han muerto – por cómo lo dijo, dio la sensación de que no representaban nada para él. Yo, por el contrario, sentí que el suelo se desplomaba bajo mis pies. El bueno de Tíronel, siempre con su radiante sonrisa, y mi dulce hermana pequeña Aerinnel.
Sentí la mano de Laránduil en mi hombro, supongo que debió ver en mi rostro que aquella noticia me había destrozado. Intenté decir algo, pero no conseguí articular palabra.
- Cuando los videntes de Nión, encabezados por el sabio Celdan, comunicaron a Mathrenduil y su madre que sus pretensiones al trono jamás serían aceptadas, los partidarios de este se sublevaron. Alzaron sus espadas contra aquellos que se le oponían, arrancando vidas de un modo frío y cruel impropio de los nuestros – por primera vez noté cómo mi hermano era presa de la tristeza y el pesar. – Se declaró traidor a todo aquel que no reconociese a Mathrenduil como legítimo rey de los elfos, y entre ellos estaba nuestro padre. Aerinnel fue ejecutada cuando las brujas de Mórgathi irrumpieron en la cámara de la reina. Su cabeza aun retenía la belleza que poseyó antaño cuando llegamos. Tíronel cayó bajo la espada enemiga.
La palabra enemigo se me antojó extraña, difícil de asimilar. Nuestros hermanos, nuestra raza y sangre enfrentada. Al Destino a veces le gusta gastar bromas crueles y macabras. No pregunté nada más, ya sobraban las explicaciones, me limité a seguir en silencio a mi hermano y a mi maestro bajo el amparo de las murallas. Éramos tres sombras que se deslizaban en la oscuridad de la noche, fugitivos en nuestra propia tierra. ¿Qué se podía esperar de lo que se avecinaba? Imposible saberlo.
No sabría decir cuánto tiempo anduvimos recorriendo los muros de Válindel. Horas, minutos… Es difícil de precisar cuando la tensión te atenaza, cuando sientes cómo la amenaza proyecta su aliento contra tu nuca. A mí me pareció una eternidad. Cada paso que daba sentía el miedo que crecía en mi interior, el odio que quemaba mi sangre abrasaba mi corazón. Mi familia, salvo Féndor, muerta. Todos muertos a manos de una horda de dementes cuya locura la habían inducido dos nombres. Dos nombres que grabé a fuego en mi mente: Mathrenduil y Mórgathi. Es impropio de un elfo, lo sé, pero aquel día se forjó en mí un sentimiento que jamás hubiera imaginado experimentar. Venganza.
Mis peores temores se hicieron realidad cuando escuché voces de alarma a mis espaldas. Levanté la cabeza hacia las almenas, que comenzaban a iluminarse con las antorchas que empuñaban los centinelas. Una flecha pasó rozando mi cabeza. Nos habían descubierto.
- ¡Deprisa! – gritó Féndor.
Apreté los dientes y la carrera, buscando el amparo de los árboles y las montañas. Ya no tenía intención de volver la vista atrás, sabía que nos estaban persiguiendo. Mi hermano, en cambio, se detuvo en seco y armó su arco con rapidez y soltura. Disparó a un centinela, a dos, a tres. Alertaban a nuestros perseguidores delatando nuestra posición. Frené el paso al ver cómo Féndor se disponía a enfrentárselos.
- ¡Faobereth, avanza! – me gritó Laránduil. - ¡Olvídate de él!
Una petición estúpida, pensé. No estaba dispuesto a perder al último miembro de mi familia.
Mi hermano se movía de un lado a otro, sorteando las flechas que le disparaban, y él respondía de igual manera. Pero eso no detuvo a nuestros perseguidores, que ya los teníamos encima. Fue entonces cuando sucedió.
Una saeta que provenía de lo alto de los muros atravesó el muslo de mi hermano. El impacto le hizo aullar de dolor y cayó sobre su pierna herida. Hubiera querido correr en su ayuda, morir a su lado si fuese preciso, pero el fuerte brazo de mi maestro de armas de agarró del cuello y me arrastró lejos de los ojos de nuestros enemigos. No pude ver si mi hermano moría a espada o flecha, lo último que vi fue a aquella hueste de traidores, de verdaderos traidores, rodeándolo. Luego Laránduil me sujetó la cara con sus manos y me obligó a mirarle. Mis ojos estaban ahogados en lágrimas.
- Si mueres ahora, – me dijo – nadie más podrá vengarlo.
Venganza. Una palabra prohibida entre los elfos y que ahora resonaba en mi cabeza. Venganza. Supe en ese momento que mi vida había cambiado y que solo la muerte de mis enemigos me daría paz.

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Sobre Abel Murillo

Abel Murillo.
Presidente de la Asociación Cultural Lupus in Fabula (@AC_LiF).
Organizador del Festival de Fantasía de Fuenlabrada (@FFF_Fuenlabrada).
Autor del Legado de la Profecía (@LegadoProfecía).
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