Fragmentos: Capítulo 6 de El Lobo Blanco

Ilustración de Lorenn Ty
Allí estaban, en asientostuados a ambos lados del pedestal donde Sártaron tenía su tono, los tres elegidos por su señor para llevar sus órdenes donde fuera necesario. El vanidoso Lédesnald, con su armadura dorada y su rubio cabello; el campeón guerrero de los borses Órgalf, con la melena y barba larga, densa y negra propia de su pueblo, y unos ojos oscuros como la noche; y Arvílcar, del que decían que había sometido al más fuerte de los ogros dragón, ganándose así el favor de estos monstruos para Sártaron. Había cuatro asientos, y uno estaba vacío. Era el lugar de Zárrock, de los presentes el más respetado por su señor.
- Siento haberme retrasado, mi señor – se disculpó Zárrock, haciendo una reverencia. – No tengo excusa.
En el pedestal, donde estaba ubicado el trono, se hallaba Sártaron el Señor del Fin de los Días. Con su armadura oscura, su capa color granate y la piel de un oso cavernario pardo a los hombros. Su semblante era pétreo, carente de emoción, enmarcado por unos rasgos duros y unos ojos glaucos. Su piel era macilenta, daba la impresión de estar tallada en mármol. El pelo, una melena que le llegaba hasta los hombros, era del color de la plata y lo llevaba recogido en una trenza. Una enorme espada desenvainada reposaba en sus piernas.
- No tienes que excusarte, Zárrock – dijo su señor, con esa voz cavernosa. – Mis guardias me informaron de tu retraso. Soy consciente de tus ocupaciones. Toma asiento pon en antecedentes a los presentes.
Zárrock recorrió el pasillo hasta llegar a su asiento, situado a la derecha de Sártaron. Un pequeño mensaje subliminal a los presentes, para darles a entender en quién confiaba el Señor del Fin de los Días. A su lado estaba Arvílcar.
- Con tu permiso, Gran Sártaron – inició Zárrock, - les diré a los señores de la guerra aquí reunidos que todo marcha según lo establecido. Hemos sellado el pacto con los elfos oscuros, los cuales se unirán a nosotros a no mucho tardar. Y los mercenarios de Eren esperan la señal para avanzar por el sur. Todo está dispuesto.
- Los orcos, ogros y krulls han empezado a seguir el rastro que deja el aroma del caos – intervino Arvílcar. – Mis rastreadores me informan que han comenzado la migración del Valle de Rumm para unirse a la guerra. Millares de orcos y ogros del este. Las bestias krull, con su líder Múrgluk al frente caerán sobre Páravon, anulando cualquier posibilidad de auxilio a Cáladai por parte del reino de los caballeros. También devastaran el bosque de Thanan, estoy seguro.
- Los borses estamos preparados para asolar los pueblos de los hombres del sur – dijo el enorme Órgalf, alzando el mentón orgulloso. – Marcharemos a la guerra y quebraremos la débil voluntad de nuestros enemigos con acero.
Lédesnald sonrió un tanto desdeñoso. A Zárrock le llamó mucho la atención que tuviera el descaro de mostrarse tan impertinente delante de Sártaron, que le dirigió una mirada con aquellos ojos glaciales que cortaban hasta el aire.
- ¿A qué debemos esa risa, Lédesnald? – preguntó cortante su señor. Zárrock pudo intuir un atisbo de inseguridad en el aniñado rostro del señor de la guerra arjón. Pese a todo el desdén que mostraba, sabía que había cometido un error delante de Sártaron.
- Perdonadme, mi señor – contestó sumiso Lédesnald, - pero me gustaría hacer un llamamiento a la prudencia.
- Explícate.
- Como ya os he explicado, nuestra supuesta ventana a Cáladai se ha cerrado de golpe. Haoyu y los ónunim nos han declarado la guerra, y no nos dejarán pasar por sus tierras si no es pagando un alto precio. Bajo mi punto de vista, marchar a la Garganta Negra puede suponernos algunas bajas. No podemos contar con ninguno de nuestros aliados. Si decidimos golpear Onun debemos tener en cuenta que estamos solos.
- ¿Debemos temer a los hijos bastardos del norte? – bramó indignado Órglaf. – Esto debe ser una broma de mal gusto. Una horda de borses será más que suficiente para reducir a polvo el reino del invierno. Ni siquiera hará falta que yo me ponga al mando.
- Bárbaro descerebrado. El error que cometéis de subestimar al adversario es lo que os ha llevado a ti y a tu pueblo a estar sometidos por el nuestro – el comentario de Lédesnald ponía al descubierto el profundo desprecio que sentía por los borses. Órgalf se puso en pie furioso.
- ¡Quizá si te corto esa lengua afilada y se la doy de comer a los cerdos salvajes de los orcos, tu gente tenga más en consideración a la mía! – gritó furioso el campeón borse, señalando a Lédesnald con el dedo.
Sártaron, impertérrito pese al espectáculo organizado por sus señores de la guerra, sujetó la impresionante espada con una mano y se puso en pie. Apuntó con el acero a Lédesnald y a Órgalf alternativamente, y les dirigió sendas miradas carentes de emoción o sentimiento alguno.
- Si alguno de vosotros dos vuelve a dirigirse así al otro o a cualquiera de los aquí presentes, yo mismo tomaré lugar en la disputa. Y si así fuese, me dará igual quien de los dos haya comenzado la pendencia. Colgaré ambas cabezas de mi estandarte como símbolo de la unión entre arjones y borses. Quizá de esa manera seáis más útiles y seguro que serviríais de ejemplo a todas las tropas – el tono de Sártaron era gélido, no expresaba odio, ni rencor, ni remordimiento, ni vanidad. Aquello era lo que le había llevado donde estaba. La ausencia de sentimientos. Zárrock sabía que su señor recompensaba a quien él consideraba oportuno, pero también eliminaba a quien creyese conveniente. Sin más.
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Sobre Abel Murillo

Abel Murillo.
Presidente de la Asociación Cultural Lupus in Fabula (@AC_LiF).
Organizador del Festival de Fantasía de Fuenlabrada (@FFF_Fuenlabrada).
Autor del Legado de la Profecía (@LegadoProfecía).
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