Fragmentos: Capítulo 4 de El Lobo Blanco

Ilustración de Lorenn Tyr
- De modo que eres Lédesnald, uno de los señores de la guerra de los arjones – contestó Haoyu, siguiendo cada paso de su interlocutor. – Esperaba un guerrero mucho más rudo y duro, no una imitación de príncipe élfico.
Los soldados de Haoyu rieron con sorna ante el comentario de su rey. Cuando Lédesnald hubo bajado los peldaños del altar, se situó frente al soberano de Onun. El oso de combate gruñó.
- Príncipe élfico... – repitió para sí el arjón. – No se puede negar que tenéis sentido del humor dadas las circunstancias.
- ¿Y cuáles son esas circunstancias? – preguntó con burla Haoyu, desde la altura que le daba su montura.
- Vamos, vamos, Rey del Invierno – Lédesnald le devolvió el tono sarcástico. – No nos andemos por las ramas. Habéis venido en busca de vuestros hombres. Vuestra opinión sobre el acuerdo que queríamos tener con vosotros, que nos dejarais pasar por vuestro reino para dirigirnos a Cáladai, ya la conozco.
- Entonces, ¿dónde están mis hombres? – ya no había sarcasmo en las palabras de Haoyu, había rabia.

- Cada cosa a su tiempo. He tenido que disponer de ellos para forzar esta situación. No me es agradable estar aquí, te lo prometo, Haoyu. Este paso me agobia, me asfixia. Prefiero un lugar abierto. Es más confortable. Y si lo podemos acompañar de una buena jarra de hidromiel, muchísimo mejor.
- Un arjón bebiendo hidromiel, esto es inaudito – Iyurin miró de reojo a su padre, que volvía a ponerse socarrón. – Han debido de cambiar las cosas mucho por los desiertos del norte cuando un bárbaro bebe hidromiel como un gran señor del sur.
- Mis padres arjones viajaron por los reinos del sur al ser rechazados por su clan. Salimos de Mezóberran siendo yo un bebé, tan solo por salvar la vida. Me crié en otros ambientes menos... embrutecidos, si queréis verlo así.
- Enternecedor relato – soltó Haoyu.
Lédesnald sonrió de forma siniestra, mientras observaba con atención al oso del rey, el cual gruñía ante la proximidad del señor de la guerra.
- No tanto. Cuando hube alcanzado una cierta edad y mis condiciones físicas eran las idóneas, maté a mi padre como castigo por su cobardía. Nunca debió salir de su tierra, y nunca debió huir de su destino. Si el clan lo rechazó, tenía que haberse quitado la vida, y a nosotros con él. A mi madre la violé, y cuando me sentí saciado por completo, le rajé la garganta. Luego regresé para someter al clan, con las técnicas que aprendí del sur. Como veis, no estáis hablando con un bárbaro.
- Con un bárbaro, no – dijo Haoyu, lívido tras escuchar el relato de Lédesnald. – Estoy hablando con algo peor.
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Sobre Abel Murillo

Abel Murillo.
Presidente de la Asociación Cultural Lupus in Fabula (@AC_LiF).
Organizador del Festival de Fantasía de Fuenlabrada (@FFF_Fuenlabrada).
Autor del Legado de la Profecía (@LegadoProfecía).
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